Una cuartilla no equivale siempre al mismo número de palabras: depende del tamaño de letra, los márgenes, el interlineado y otros detalles del formato. Los tres relatos siguientes tienen entre 200 y 250 palabras cada uno y pueden servir como modelos de narración breve.

1. El reloj y la nota
Don Melchor cerraba su relojería cuando una joven llamada Vera entró con un reloj de bolsillo envuelto en un pañuelo. No funcionaba desde hacía años.
—Era de mi abuelo —dijo—. Mañana lo entregarán al museo del pueblo. Quisiera saber si todavía puede andar.
Melchor abrió la tapa y examinó el mecanismo. No vio piezas rotas, pero una pequeña rueda estaba bloqueada por un trozo de papel doblado.
—Esto no pertenece al reloj.
Vera pidió verlo. En el papel había tres palabras escritas con lápiz: «Puerta azul, domingo».
—Mi abuelo anotaba recordatorios en cualquier sitio —dijo.
Melchor retiró el papel, limpió el mecanismo y dio cuerda. El reloj comenzó a avanzar con un tic suave.
Vera sonrió, pero siguió mirando la nota.
—Mi abuelo hablaba de una casa de puerta azul junto al río. Nunca supe quién vivía allí.
Al día siguiente, antes de ir al museo, Vera pasó por aquella calle. Encontró la puerta azul y una mujer que barría la entrada.
Vera explicó lo de la nota.
—Los domingos venía un señor mayor a dejar pan para mi madre —respondió la mujer—. Decía que era una costumbre antigua entre vecinos.
Vera entendió por fin el recordatorio. Guardó la nota dentro del pañuelo y llevó el reloj al museo funcionando.
No había descubierto un gran secreto. Había recuperado una pequeña costumbre que nadie había pensado en contarle.
2. La carta de la maceta
Mara encontró un sobre debajo de la puerta de su apartamento. No tenía nombre ni sello. Dentro había una tarjeta con una sola frase: «Mira la maceta de la ventana a las ocho».
Pensó que era una broma de su hermano, pero él vivía en otra ciudad.
A las ocho, Mara se acercó a la ventana. La maceta estaba igual que siempre: tierra, una planta pequeña y una piedra blanca.
Entonces vio una luz en el edificio de enfrente. Una niña sostenía una cartulina con una flecha que apuntaba hacia abajo.
Mara miró el patio. Junto al muro había otra tarjeta.
Bajó y la recogió. Decía: «Ahora busca donde termina la sombra del árbol».
La sombra llegaba hasta un banco. Debajo encontró una caja de cartón.
Mara estuvo a punto de abrirla, pero oyó una voz detrás.
—¡Espera!
Era Celia, su vecina del tercer piso, acompañada por la niña de la ventana.
—Queríamos darte una sorpresa —dijo Celia—. Mañana cumples un año viviendo aquí y siempre nos ayudas con las plantas.
Dentro de la caja había una taza pintada a mano y varias notas de los vecinos.
Mara se echó a reír.
—Pensé que alguien intentaba meterme en un misterio.
—Lo intentábamos —respondió la niña—. Pero nos faltó practicar.
Subieron juntos. Mara dejó la primera tarjeta junto a la maceta. El misterio había terminado, pero decidió conservar la pista inicial como recuerdo.
3. El último pasajero
El último autobús de la noche llegó casi vacío a la terminal. Bruno, el conductor, hizo la revisión habitual antes de apagar las luces.
En el asiento del fondo encontró una bufanda roja y una bolsa de papel. Dentro había un libro, una botella de agua y una entrada para una función de teatro de esa misma noche.
—Alguien va a echar esto de menos —dijo.
La taquilla de la terminal ya estaba cerrada, pero la encargada de limpieza, Nora, reconoció la entrada.
—Ese teatro queda a cuatro calles. La función acaba de terminar.
Bruno dudó. Su turno había acabado, pero sabía que al día siguiente la oficina de objetos perdidos abriría tarde.
Los dos caminaron hasta el teatro. En la puerta encontraron a un hombre revisando nervioso sus bolsillos.
—¿Busca algo? —preguntó Nora.
—La bufanda de mi hija. Y una bolsa. Creo que las dejamos en el autobús.
Bruno le pidió que describiera los objetos antes de mostrárselos.
—La bufanda es roja. En la bolsa hay un libro de animales con una pegatina verde.
Coincidía.
El hombre llamó a su hija, que esperaba dentro del vestíbulo. La niña abrazó la bufanda y abrió el libro para comprobar que seguía allí su dibujo favorito.
—Gracias —dijo.
Bruno y Nora regresaron a la terminal.
—No fue un viaje muy largo —comentó ella.
—No —respondió Bruno—. Pero por una vez el último pasajero era una bufanda.
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