La música de bombo y tamboril retumbaba en la enramada del puerto de Nauta, donde todo el pueblo celebraba la fiesta patronal a orillas del río Marañón. Los faroles de queroseno colgados de los postes de madera proyectaban una luz amarillenta y cálida sobre las parejas que bailaban descalzas sobre la tierra apisonada, mientras el aroma a masato fresco y pescado asado llenaba el aire húmedo de la noche.
Rosita, una muchacha de dieciocho años con trenzas largas y una flor de orquídea en el cabello, bailaba animadamente entre sus amigas cuando un forastero cruzó la entrada de la enramada.
Nadie en el pueblo lo había visto desembarcar de ninguna lancha.
El hombre era alto, elegante y de una apostura que llamó la atención de todas las mujeres. Vestía un traje de lino blanco impecable, sin una sola arruga ni mota de barro a pesar de la trocha mojada, zapatos de cuero fino y un sombrero de paja toquilla de ala ancha calado hasta las cejas. Sus modales eran suaves y su sonrisa, amable y misteriosa, parecía prometer riquezas y maravillas nunca vistas en el río.
El forastero se acercó directamente a Rosita, hizo una leve reverencia y la invitó a bailar con una voz cantarina y dulce que sonaba como el rumor de las aguas calmas.
Rosita aceptó fascinada. Mientras giraban en el ruedo al compás de la música, el hombre le hablaba de palacios de arena dorada en el fondo del río, donde las perlas crecían en racimos y el agua jamás enfriaba el cuerpo. Sus manos eran frescas y suaves, pero cuando rozaron el cuello de la joven, dejaron una sensación húmeda y resbaladiza, parecida a la piel de un pez recién sacado de la corriente.
A unos metros de distancia, junto al barril de masato, su hermano mayor Néstor observaba al desconocido con el ceño fruncido.
—Ese hombre no es de esta ribera —le dijo Néstor a su compadre—. ¿Quién viene a una fiesta de selva con traje blanco de ciudad y no se quita el sombrero ni para brindar con los dueños de casa?
En los pueblos del Marañón y del Ucayali los ancianos contaban la vieja advertencia sobre el Bufeo Colorado: el delfín rosado de los grandes ríos amazónicos que, en las noches de luna y fiesta, se transforma en un apuesto caballero de lino blanco para salir a tierra firme. Con su encanto deslumbra a las muchachas del pueblo y, al terminar la fiesta, se las lleva de la mano hacia la playa para sumergirlas en el agua y transformarlas en sus compañeras de las profundidades. Pero su disfraz tiene un defecto inevitable: jamás puede desprenderse de su sombrero, porque debajo de la copa oculta el orificio de respiración de su cabeza de cetáceo.
Néstor no esperó a que la música terminara. Dejó su vaso sobre la mesa y se abrió paso entre los bailarines con paso decidido.
Llegó justo detrás del forastero, que ya intentaba guiar a Rosita hacia la rampa oscura del muelle de balsa.
Con un movimiento rápido y certero, Néstor estiró el brazo y le arrancó el sombrero de paja de un solo tirón.
El forastero se giró furioso, intentando cubrirse con las manos.
A la luz de los faroles de queroseno, todos los presentes vieron con espanto la coronilla del hombre: en medio del cabello negro y brillante no había cuero cabelludo común, sino un orificio redondo, húmedo y carnoso, exactamente igual al espiráculo de un delfín del río, por donde escapó una bocanada de aire húmedo con un silbido sordo.
Rosita soltó un grito de terror y cayó de espaldas en los brazos de su hermano.
Descubierto ante todo el pueblo, el forastero empujó a Néstor con una fuerza sobrehumana, corrió hacia el borde del muelle de tablas y se lanzó de cabeza hacia las aguas negras y profundas del Marañón.
En el mismo instante en que su cuerpo tocó el río, el traje blanco desapareció y una estela de espuma rosada brotó de la corriente. Segundos después, un enorme delfín de lomo rosado emergió dando una curva elegante sobre la superficie, soltó un resoplido potente por su espiráculo y se sumergió para siempre en la negrura del gran río.
Rosita temblaba de frío en la orilla, abrazada a su hermano, mientras el sombrero de paja toquilla quedaba flotando en la corriente como único testimonio del encanto que estuvo a punto de llevársela al fondo de las aguas amazónicas.
Adaptación: Shyvirelle
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