Leyendas Japonesas de Terror

La leyenda del Kamaitachi

La leyenda del Kamaitachi

El viento del norte soplaba con una violencia helada sobre las llanuras nevadas de la provincia de Echigo, el antiguo país de la nieve en Japón. La costra blanca que cubría los campos crujía bajo las pisadas de Minoru, un mensajero veloz que transportaba un rollo de pergaminos sellados entre dos aldeas de la montaña en plena noche.

Llevaba la capa ceñida al cuerpo y las sandalias de paja waraji atadas con cuerdas dobles a los tobillos. El aire era tan gélido que cada respiración parecía quemar los pulmones con virutas de vidrio.

Al cruzar un claro desierto entre dos colinas de pinos cubiertos de escarcha, el viento cesó de golpe durante un segundo.

Luego, un remolino súbito de aire helado brotó del suelo nevado, levantando una espiral blanca que giró a una velocidad vertiginosa alrededor del caminante.

En una fracción de segundo ocurrieron tres cosas tan rápidas que la mente apenas alcanzó a registrarlas.

Primero, un impacto invisible y seco en los talones derribó a Minoru hacia adelante, arrojándolo de rodillas sobre la nieve blanda.

Segundo, una ráfaga afiladísima, como el roce de una cuchilla de afeitar recién afilada, rozó la pantorrilla izquierda del mensajero, rasgando la tela gruesa de su pernera de algodón con un corte recto y limpio de diez centímetros de largo.

Tercero, una sensación tibia y balsámica, parecida a la aplicación de un ungüento fresco de hierbas amargas, cubrió la piel abierta inmediatamente después del corte, impidiendo que brotara una sola gota de sangre y adormeciendo los nervios con una extraña calma indolora.

Minoru quedó tendido en la nieve, aturdido por la caída.

Al levantar la vista hacia el remolino que se alejaba danzando sobre la llanura blanca, vio por un breve parpadeo a los tres seres que cabalgaban en el centro del viento.

Eran tres comadrejas ágiles y esbeltas, de pelaje blanco como la nieve virgen y ojos oscuros que brillaban con picardía sobrenatural. La primera tenía patas robustas para derribar a los viajeros; la segunda blandía en sus garras delanteras uñas curvas, largas y brillantes como hoces de segar (kama); y la tercera llevaba entre sus fauces una mezcla viscosa de hierbas del monte con la que cerraba las heridas de sus víctimas en el mismo instante del tajo.

—¡El Kamaitachi! —susurró Minoru, poniéndose de pie con el corazón latiéndole desbocado.

En todos los pueblos de la nieve se conocía la leyenda de la comadreja de la hoz. Los ancianos explicaban que los tres hermanos del viento no buscaban matar a los hombres para alimentarse de su carne, sino jugar con ellos en las corrientes heladas del invierno. Minoru se miró la pierna: el corte estaba allí, abierto, aunque todavía no le dolía.

Minoru no perdió un minuto en lamentaciones.

Se quitó la faja de lino de la cintura, vendó la pantorrilla con fuerza sobre el corte indoloro y echó a correr a toda prisa por la trocha blanca hacia la posta más cercana, sin dejar de mirar el remolino que se alejaba.

Alcanzó el puesto de la aldea cuando ya llevaban horas encendidos los faroles. El médico del pueblo limpió la herida milagrosa, cosió los bordes del corte limpio con hilo de seda y aplicó ungüentos de alcanfor, felicitándolo por su rapidez y resistencia.

La pierna de Minoru sanó sin dejar cicatriz fea, pero el mensajero jamás volvió a cruzar las llanuras de Echigo en los días de viento arremolinado sin recordar que en el aire helado de Japón las comadrejas de la nieve viajan veloces, jugando a cortar la carne de los hombres con el filo invisible de la tempestad.


Adaptación: Shyvirelle

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