Cuentos de Terror de Venezuela Cuentos Largos de Miedo

La Habitación

Cuento enviado por Giancarlo Del Ciello desde Venezuela (fan de blog)

(Aca envio mi primera creación como escritor de cuentos, espero les guste y lo publiquen… Gracias de antemano)

Y fue entonces cuando ella decidió salir a caminar entre las sombras de la noche, sin importar la oscuridad, la hora, la soledad, los peligros de la calle… solo necesitaba escapar de las cuatro paredes y los temores que albergaba en su mente… respirar, pensar, meditar, olvidar.

Cada paso la alejaba de todo lo que había pasado y le hacia pensar que todo estaría mejor, apretaba sus temblorosas manos entre sí tratando de apagar los espasmos que le corrían entre los dedos, de haber podido las hubiese unido en una sola estructura.

La atormentaba el dolor de lo vivido, la experiencia de la que tenía que escapar. Secaba sus lágrimas desesperadamente y seguía caminando. Buscando respuestas y esperanzas en su mente donde sólo volvía a encontrarse con el ahogo que la llevo a correr y alejarse de sus aposentos.

No podía creer lo que sucedía, esa habitación que tanta felicidad le había dado y tanta tranquilidad le había producido era ahora el lugar de sus peores temores y pesadillas.

Recordaba como paso el tiempo decorándola, convirtiéndola en su espacio, en su hogar. Todo estaba exactamente donde ella lo quería y de la manera mas cómoda posible.

Trataba de pensar en situaciones de bienestar, de alegría… pero todo volvía. Las horas pasaban y la distancia era cada vez mayor, pero su mente seguía en esa habitación, viendo su cama tipo americana, de tamaño matrimonial, con ese colchón blando pero firme y esas sabanas de flores q tanto le gustaban. El cubrecama que le había regalado su madre para hacer juego con las sabanas estaba puesto, tan bien acolchado, tibio para el invierno pero fresco para el verano.

A los lados de la cama sus mesas de noche de madera de caoba que tanto le gustaban, la de la derecha guardaba todas aquellas cosas que necesitaba encontrar rápidamente en una fugaz salida como la de hoy… pero esta vez no llevaba nada. En la de la izquierda había un cumulo de recuerdos y cosas que le gustaba ver con frecuencia, cartas, notas, el posavasos de aquel café donde tuvo su primera cita con su novio, los envoltorios de aquellos chocolates del día de San Valentín del año pasado.

En la esquina estaba aquel sillón que compro en la tienda de antigüedades, de terciopelo rojo, con las patas de caoba talladas a mano, donde infinidades de veces se sumergió en profundas lecturas de sus libros y autores favoritos. Tan cómodo era el sillón que muchas de esas lecturas se convirtieron en siestas que rompían al alba del día siguiente.

Al lado del sillón estaba la ventana que en la mañana recibía el resplandor de la luz del sol desde atrás de la casa y en la tarde permitía ver el mas bello ocaso. Recordaba esas tardes en que leía y escuchaba las risas de los niños vecinos cuando jugaban a la pelota y de como corría la cortina larga hasta el piso para verlos un momento y seguir luego en su lectura, siempre con su taza de café en esa mesita que había colocado justo al lado del sillón. Era increíble como ese lugar de paz de pronto era el lugar de la tragedia.

Pensaba en las noches que sólo se tumbaba en la cama a crear historias y aventuras en su mente viendo al techo de la habitación, pensaba en el amor, la familia, el trabajo… casi cualquier cosa le servía para tejer una aventura, un anhelo, una idealización. Era todo tan pacífico. Tan propio. Tan de ella.

Seguía caminando y pensando… notaba que repentinamente se llenaba la calle de gente, era de esperarse, el amanecer estaba por llegar y ya salia la gente a trabajar. En una esquina frente a la plaza encontró una señora vendiendo desayunos y bebidas. Compró un café y siguió caminando.

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Pensaba en el cuadro que tenia colgado en la pared contigua a la esquina donde estaba el sillón, era una foto de una calle de París, pensaba en las muchas veces que imagino comprar el pan que vendía el señor de la acera derecha de la calle en la foto y que pararía seguidamente en el stand de libros usados que se veía un poco mas al fondo.

Imaginaba que esa travesía sería acompañada de su novio, el mismo del posavasos y los chocolates. Se imaginaba tomada de la mano con él, caminando, viviendo y disfrutando.

No lo decía pero ya había planificado su vida con él. En sus pensares ya había caminado por la casa que juntos tendrían, distribuida tal y como ella quería, hasta con un espacio donde colocar su sillón y su biblioteca de libros, junto con la mesita para el café.

Era increíble cómo todo lo que le producía paz súbitamente se convertía en angustia.

No encontraba respuestas ni soluciones. Seguía caminando.

De pronto se detuvo y pensó… no todo esta perdido, mi habitación sigue igual, mis cosas están donde las quiero, no tendría por qué ser diferente.

Amaneció y con los rayos del sol volvieron las dudas a golpear su mente. Se veía siendo señalada y humillada. No podía soportarlo.

Siguió caminando y de pronto notó que pasaba por el mismo lugar una y otra vez, como dando vueltas en círculos. Sintió la necesidad de cambiar el rumbo, pues alguien notaria que algo andaba mal y no sabría que decir si llegasen a preguntarle.

Se sentó en uno de los bancos de la plaza, el más alejado, a la sombra de un árbol de avellanas. Escuchaba el trinar de los pájaros que saltaban entre las ramas del árbol para súbitamente arrancar en vuelo hacia otro árbol. Se sentía identificada con lo errático del vuelo, pues así sentía que debía verse su caminar.

Recordó una vez más su habitación, en esta ocasión recordó las conversaciones que tenía echada en su cama junto a su novio, de como pasaban el tiempo sólo hablando. Se sentía tan feliz, tan llena. Pero aquello no sería mas. Recordó aquella vez que él la beso de pies a cabeza, y temblorosa terminó entregándose a él. Hicieron el amor muchas veces más, pero esa vez fue la que le quedó grabada en la memoria por siempre. A pesar del tiempo aún sentía el roce de los labios por la piel de sus muslos, de solo recordar se le aceleraba el palpitar de su corazón y su respiración cambiaba. Fue perfecto.

Se encontró de nuevo con su triste y turbada realidad y trató de darse valor, se repetía una y otra vez que no era muy difícil volver a tener esa paz, que todo estaría bien.

Finalmente pensó: no tengo porque pensar que todo va a cambiar, nadie sabe nada, todo está como a mi me gusta. Esta mi cama, mi sillón, mis libros, mi cuadro, mi escritorio, mis mesa para el café… todo esta allí… solo tengo que sacar su cuerpo, limpiar su sangre y seguir.

La Habitación.
Giancarlo Del Ciello
Venezuela

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