Leyendas Japonesas de Terror

La leyenda de Oiwa: el fantasma de Yotsuya

La leyenda de Oiwa: el fantasma de Yotsuya

En los callejones del barrio de Yotsuya, en la ciudad de Edo, el verano traía un calor pegajoso que apenas se disipaba por las noches. En una modesta vivienda de madera y papel vivía Oiwa junto a su esposo, un samurái sin amo llamado Iemon Tamiya. La pobreza se había instalado en su hogar tras el nacimiento de su hijo, y los días pasaban entre la estrechez y las deudas que Iemon no lograba saldar.

Oiwa tenía una hermana menor, Osode, casada con Satō Yomoshichi. Débil aún por el parto y agobiada por las fiebres, Oiwa confiaba ciegamente en su marido. Sin embargo, la ambición de Iemon había encontrado una salida turbia. En la misma calle residía la familia Itō, un clan rico que deseaba casar a su joven nieta con Iemon. Había una sola traba para el matrimonio: Oiwa seguía viva.

Una tarde nublada, mientras los truenos lejanos anunciaban un aguacero que no terminaba de romper, una criada de los Itō llamó a la puerta de madera corrediza llevando un pequeño frasco de cerámica sellado con cera roja. Aseguró con fingida cortesía que era un tónico medicinal costoso traído de Kioto, enviado como gesto de caridad para calmar las fiebres de Oiwa y devolver el brillo a su piel marchita. Conmovida por la aparente piedad de sus vecinos, y deseando recuperar la salud para aliviar la carga de su esposo, Oiwa destapó el recipiente y bebió la infusión espesa hasta la última gota.

El veneno no tardó en actuar, pero no le quitó la vida de inmediato. Aquella misma noche, un ardor tremendo comenzó a quemarle las sienes y la mejilla derecha como si le hubieran aplicado brasas ardientes. Conforme pasaban las horas en vela, la carne de su párpado se hinchó de manera monstruosa, la cuenca de su ojo derecho se hundió bajo una masa deforme y el pelo largo y oscuro comenzó a caerle a mechones enteros sobre la estera de paja cada vez que intentaba peinarse frente al espejo de bronce empañado.

Cuando Iemon regresó al amanecer y fingió asombro ante la desfiguración de su esposa, el desprecio y la frialdad en su mirada fueron tan evidentes que Oiwa comprendió la trampa en un solo instante. No hubo palabras de consuelo ni médico en la puerta, sino un silencio cruel y miradas esquivas. Al ver los preparativos que su esposo ya hacía para abandonarla y marcharse a la gran casa de los Itō, el dolor y la humillación quebraron el espíritu de la mujer. En medio de la desesperación por proteger a su hijo y huir de aquel ultraje que la dejaba desamparada, Oiwa tropezó contra una hoja desenvainada dejada en un rincón y cayó mortalmente herida. Antes de exhalar el último aliento, su voz rota resonó en la habitación vacía jurando que la traición no quedaría sin castigo en este mundo ni en el otro.

Iemon y sus cómplices se apresuraron a ocultar el cuerpo. Clavaron los restos de Oiwa en una puerta de madera junto al cadáver de un sirviente leal y arrojaron la tabla a las aguas turbias del río Onbō, creyendo que la corriente borraría toda huella.

Pocas noches después, Iemon celebró su nuevo compromiso. Pero la culpa y las sombras de Edo no perdonan las traiciones.

Al regresar a su habitación a la luz de una solitaria lámpara de papel, el aire se volvió muy frío a pesar del calor pesado del verano. La llama del farol comenzó a parpadear con un tono azulado y vacilante. Iemon se acercó para acomodar la mecha, pero el papel traslúcido del farol se abombó desde dentro como si una masa viviente respirara en su interior.

La superficie del farol se desgarró lentamente. De la abertura no brotó fuego, sino una mata de pelo negro y húmedo. Entre las hebras apareció un rostro desfigurado: el párpado derecho caído sobre una cuenca vacía, la piel blanca e hinchada, y un solo ojo oscuro que miraba a Iemon con una fijeza helada.

—Iemon… —susurró el aire con la voz inconfundible de Oiwa, multiplicada por los rincones del cuarto.

El hombre desenvainó la espada en un ataque de pavor y arremetió a ciegas contra el farol, pero el filo solo cortó las sombras y las pantallas de papel. A partir de esa noche, las visiones no le dieron descanso. El rostro de Oiwa aparecía en cada rincón oscuro, empujando a Iemon a la desesperación y la culpa. Acorralado por el miedo, intentó huir hacia una choza apartada cerca de las colinas, pero allí lo esperaba Sato Yomoshichi, el esposo leal de Osode, la hermana menor de Oiwa. Yomoshichi, enterado de la infamia del envenenamiento y guiado por las sombras de la noche, desenvainó su espada y enfrentó al traidor en el patio de tierra. Tras un breve cruce de aceros, Yomoshichi atravesó el pecho de Iemon, cumpliendo el castigo prometido y dando descanso final al espíritu de Oiwa en las tierras de Yotsuya.


Adaptación: Shyvirelle

Adaptación del clásico Tōkaidō Yotsuya Kaidan, de Tsuruya Nanboku IV, estrenado en 1825.

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