Leyendas de Terror Bolivianas • Mitos y Leyendas

El Jichi: leyenda boliviana del guardián del agua

El Jichi es un ser asociado con el agua en las tradiciones del oriente boliviano. Una de las creencias recogidas en la región chiquitana cuenta que, si se daña su morada, el guardián puede marcharse y llevarse el agua. No hay una sola versión ni una única apariencia: los relatos cambian entre comunidades.

La historia que sigue es una recreación literaria de ese motivo. Sus protagonistas y acontecimientos son inventados.

Un joven mira un ojo que aparece en el agua de una laguna casi seca.
Ilustración de esta recreación literaria.

El lugar que no estaba vacío

La primera vez que Tomás vio la laguna seca, se alegró.

Por fin podría cruzar hasta la otra orilla sin rodear el monte. Llevaba una carga de herramientas y pensó en el tiempo que iba a ahorrar. Donde antes flotaban hojas, ahora se extendía una costra de barro agrietado. Apoyó el pie, comprobó que el suelo resistía y siguió adelante.

A mitad del trayecto oyó un chapoteo.

Se volvió. No había agua detrás de él.

Pensó que algún animal se había quedado atrapado en el lodo. Dejó las herramientas sobre una piedra y llamó varias veces. Algo respondió desde el centro de la laguna: un roce lento, como una cuerda pesada arrastrándose por un piso mojado.

Tomás caminó hacia el ruido. El barro estaba tan seco que se le deshacía debajo de las botas. Encontró una depresión redonda, oscura, sin una gota visible. Al inclinarse sintió en la cara un aire frío.

Allá abajo, en aquella abertura, algo respiraba.

Recogió sus herramientas y terminó de cruzar sin mirar de nuevo.

Esa tarde fue a buscar a su abuela. La encontró separando semillas sobre la mesa. Le contó lo de la laguna, primero como una curiosidad y después, al ver que ella no sonreía, con todos los detalles.

—¿Entraste hasta el centro? —preguntó la anciana.

Tomás asintió.

—Entonces viste dónde queda el último poco de agua.

—No había nada.

Su abuela levantó una semilla entre dos dedos.

—Que tú no lo veas no quiere decir que el lugar esté vacío.

Al día siguiente Tomás tomó el camino largo. Desde lo alto alcanzó a ver la excavadora que un vecino había dejado junto a la orilla. El hombre quería ensanchar un paso para sus animales. Había removido tierra, arrancado raíces y abierto una zanja hacia el centro.

Tomás bajó a hablar con él. El vecino se rio cuando mencionó a su abuela, pero aceptó esperar: tampoco quería que la máquina quedara hundida.

Esa noche el chapoteo llegó hasta la casa.

Tomás lo escuchó desde su cama. Sonó bajo la ventana, después junto a la puerta y finalmente en el patio. Cada vez era más claro. Parecía que alguien caminaba cargando agua en las manos y la iba derramando sin prisa.

Encendió una lámpara.

El patio estaba seco.

Junto al balde vacío había una línea de barro húmedo. La línea continuaba hasta el portón.

No salió. Esperó sentado, con la luz encendida, hasta que las primeras aves comenzaron a cantar.

Por la mañana regresó con el vecino a la laguna. Las huellas de la excavadora terminaban junto a la depresión oscura. Allí la tierra había cedido. Se veía, por primera vez, una superficie de agua inmóvil, pequeña como un espejo.

En ese espejo Tomás encontró un ojo.

No supo decir de qué animal era. Ocupaba casi toda la abertura y lo miraba desde abajo. El muchacho dejó caer una herramienta. El ojo se cerró lentamente.

El vecino no había visto nada. Estaba midiendo la profundidad con una rama.

—Hay que tapar la zanja —dijo Tomás.

Trabajaron toda la mañana devolviendo la tierra removida. No hicieron ceremonias ni pronunciaron palabras secretas. Apartaron los escombros, protegieron el borde y decidieron que el paso se quedaría donde siempre había estado.

Cuando terminaron, el agua seguía siendo escasa.

Tomás habría querido que lloviera de inmediato. Habría querido una señal que le permitiera explicar lo ocurrido. Pero esa noche no llovió y tampoco la siguiente.

El chapoteo dejó de acercarse a su casa.

Semanas después, tras las lluvias, regresó a la orilla con su abuela. La laguna empezaba a llenarse. Ella se sentó bajo un árbol mientras él observaba las ondas que salían del centro.

—¿Crees que volvió? —preguntó Tomás.

Su abuela miró el agua un buen rato.

—Tal vez no se había ido del todo.

Tomás rodeó la laguna para llevarla de regreso. Ya no le pareció un camino tan largo.

Procedencia y adaptación

Esta recreación se inspira en el Jichi como guardián del agua. La escena del ojo, Tomás, su abuela, la excavadora y el desenlace pertenecen a esta versión literaria; no se presentan como un testimonio ni como una narración tradicional transcrita.

Para conocer una investigación de campo y la diversidad de versiones, consulta «Jichi, el guardián de las aguas», de Paola Gabriela Quispe Quispe, en AWASQA. La biblioteca de la UAGRM también registra una recopilación del Gobierno Departamental de Santa Cruz con relatos sobre el Jichi. Este último registro confirma la publicación, no sustituye la lectura del libro.

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Shyvirelle

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