La lluvia mansa de la medianoche caía sobre los tejados de teja oscura de Kioto con un murmullo continuo y adormecedor. En la trastienda de su vieja botica de hierbas medicinales, el anciano Shinobu descansaba sobre su futón, arropado por el silencio de la casa de madera.
Vivía solo desde que su esposa había fallecido años atrás, acompañado únicamente por Tama, una gata tricolor de pelaje grueso que lo había seguido fielmente durante más de trece inviernos.
En medio de la noche, un chasquido suave en la sala principal despertó al anciano.
No era el trote menudo de un ratón tras las vigas. Era el crujido lento de los tablones de cedro, acompañado por una voz susurrada y aguda que tarareaba una canción antigua que su esposa solía cantar mientras bordaba kimonos junto a la ventana.
Shinobu se levantó con sigilo, descalzo sobre las esteras de tatami, y se asomó por la rendija del panel corredizo de papel shōji.
La escena que vio en la sala le cortó la respiración.
Frente a la lámpara baja de papel andon, que iluminaba el cuarto con una llama amarillenta y temblorosa, estaba Tama.
La gata ya no caminaba a cuatro patas. Estaba erguida sobre sus dos patas traseras como una persona diminuta, manteniendo el equilibrio con una gracia insólita. Sobre su cabeza lucía enrollada una pequeña toalla de algodón blanco tenugui, doblada con esmero, y con una de sus garras delanteras sostenía el platillo de cerámica mientras lamía con fruición el aceite de colza tibio que alimentaba la mecha.
Al terminar de lamer la grasa, la gata dio dos giros lentos sobre el tatami, batiendo las patas delanteras al compás de la melodía susurrada.
Shinobu sintió que las rodillas le temblaban en la penumbra.
En todo el Japón del periodo Edo se conocía la leyenda del Bakeneko: el gato que, al sobrepasar los doce o trece años de vida, cruzar un peso determinado o conservar una cola demasiado larga, dejaba de ser un animal doméstico común para convertirse en un yokai metamorfo con poderes mágicos. Decían que aprendían a caminar en dos patas, a imitar la voz humana y a prender fuegos fatuos en los rincones oscuros, y que si sus amos los maltrataban o los despreciaban por su edad, los gatos monstruosos cobraban venganza arruinando la hacienda familiar.
Shinobu recordó las advertencias de sus vecinos, que siempre le aconsejaban cortar la cola de los cachorros para evitar la transformación; pero él había querido demasiado a Tama para causarle daño.
El anciano no tomó un palo para golpearla ni gritó pidiendo socorro.
Abrió el panel de papel shōji despacio y entró en la sala con una reverencia respetuosa.
La gata se detuvo en seco, bajó las patas delanteras y clavó sus grandes ojos amarillos en el rostro de su amo. La toalla blanca resbaló de su cabeza, cayendo sobre el tatami.
—Tama —dijo Shinobu con voz serena y afectuosa, hincándose de rodillas frente a ella—. Has sido mi compañera fiel en los inviernos más tristes de mi vejez. Si has alcanzado los años del misterio, no temas daño en esta casa. Mientras yo viva, nunca te faltará un plato de pescado fresco ni aceite limpio para tu lámpara.
La gata permaneció inmóvil unos segundos, mirándolo con una fijeza insondable que ya no era enteramente animal. Luego, con un movimiento suave de su cabeza, inclinó las orejas en una reverencia leve y solemne.
Dejó escapar un ronroneo profundo, caminó hacia la repisa donde reposaba el plato de comida, tomó un bocado de pescado seco y saltó con ligereza hacia el ventanuco abierto, perdiéndose en los tejados mojados de la noche de Kioto.
A partir de aquella noche, ningún ladrón volvió a rondar la botica de Shinobu. Los vecinos contaban que al pasar a deshoras frente a la celosía se recortaba la silueta de un felino erguido vigilando el umbral. El boticario sirvió aceite tibio en el platillo de barro cada noche de invierno, y el animal descansó a sus pies hasta el final de sus días.
Adaptación: Shyvirelle
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