El aire seco de la noche en Hermosillo traía el aroma a tierra caliente que comenzaba a enfriarse bajo el cielo despejado de Sonora. Era más de la una de la madrugada y las calles del centro histórico estaban desiertas; los portones de madera de las viejas casonas señoriales permanecían cerrados y la luz amarillenta de los faroles de hierro apenas alcanzaba a dibujar sombras largas sobre las banquetas.
Don Raúl, un vigilante nocturno que llevaba quince años haciendo la ronda por los alrededores de la calle Serdán, caminaba despacio con su linterna de mano y su llavero de hierro al cinto.
Al doblar en la esquina de un callejón empedrado que subía hacia las faldas del cerro de la Campana, el hombre se detuvo en seco.
Sobre las baldosas de la banqueta, a su espalda, resonó un paso claro y elegante:
Tac.
Luego otro, y otro más, marcando un compás rápido, femenino y acompasado:
Tac, tac, tac.
El sonido era limpio y seco, como el de unos botines de tacón fino de mujer caminando apresurada sobre el suelo de piedra pulida.
Don Raúl giró sobre sus talones y levantó la linterna hacia la calle. El haz de luz blanca barrió la banqueta vacía de punta a punta. No había nadie: ningún perro callejero, ninguna sombra tras los postigos, ni un alma que pudiera producir semejante taconeo.
—Debe ser el eco de la avenida —murmuró el hombre para tranquilizarse, reanudando la marcha.
Pero apenas dio tres pasos, los tacones volvieron a sonar de inmediato, esta vez mucho más cerca de sus talones:
Tac, tac, tac.
Don Raúl aceleró el paso, y el ritmo de los tacones se aceleró al mismo tiempo, como si una mujer invisible fuera trotando tras él con la urgencia de alcanzarlo antes de la siguiente esquina.
El sereno sintió que un escalofrío helado le bajaba por la nuca.
En todo Hermosillo se conocía la leyenda de la Taconera. Los cronistas viejos de la ciudad contaban que a finales del siglo XIX vivía allí una muchacha hermosa y devota que esperaba cada noche la llegada de su prometido, quien viajaba desde Guaymas para visitarla. La joven salía a la banqueta de la calle Serdán con sus mejores botines de tacón, caminando de un extremo a otro con paso alegre al escuchar el silbato del tren. Pero una noche el tren llegó sin el novio, quien había muerto en un trágico accidente en la sierra. La muchacha jamás aceptó la pérdida; continuó saliendo cada medianoche a esperar sus pasos, hasta que la pena consumió su vida en la soledad de su alcoba.
Desde entonces, su alma en pena continuaba recorriendo las mismas banquetas coloniales, buscando en cada caminante solitario la silueta de su amor perdido.
Don Raúl comprendió que si echaba a correr presa del pánico, el taconeo lo perseguiría hasta dejarlo sin aliento.
Se detuvo en medio de la acera bajo la luz tenue de un farol, apagó la linterna y se dio la vuelta mirando con serenidad hacia el espacio vacío que tenía enfrente.
Los tacones dieron dos pasos lentos y se frenaron a menos de una vara de donde estaba el hombre. El aire a su alrededor se volvió de pronto fresco y perfumado con un suave olor a agua de azahar y jazmines viejos.
Don Raúl se quitó la gorra con respeto, se persignó despacio y habló con voz calma y piadosa:
—Descansa en paz, niña. Tu novio ya sabe que lo esperaste con amor, pero en esta tierra tu guardia ya terminó. Ve a descansar en la gloria de Dios.
El silencio volvió a adueñarse de la calle Serdán.
Durante unos segundos, una brisa suave acarició el rostro del vigilante, como una caricia agradecida en medio de la penumbra. Luego sonó un último y leve golpe de tacón que pareció desvanecerse hacia lo alto de la noche, perdiéndose en el aire quieto de la ciudad.
Don Raúl guardó la linterna en su cinturón, dio media vuelta en la esquina de la plaza y continuó su ronda hacia la calle del Carmen. El empedrado quedó desierto y el viento del desierto arrastró únicamente hojas secas sobre las banquetas de cantera.
Adaptación: Shyvirelle
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