Leyendas de Terror Cortas

La leyenda de la Pesanta

La leyenda de la Pesanta

La tramontana soplaba con fuerza contra los postigos de la vieja masía, haciendo crujir las vigas de roble del tejado. En su alcoba del piso alto, Martí despertó a mitad de la noche con una sensación extraña: su mente estaba completamente despejada, pero su cuerpo no respondía.

Intentó girar la cabeza hacia la mesilla donde reposaba la palmatoria de latón, pero el cuello permaneció rígido como una piedra. Quiso abrir la boca para llamar a su hermano, que dormía en la habitación contigua, mas de su garganta solo salió un silbido seco y sin fuerza. Sus dedos, entumecidos sobre las mantas de lana basta, apenas alcanzaban a temblar.

Entonces escuchó el crujido en la madera del suelo.

No era el paso ligero de un ratón ni el crujido del viento. Era un sonido lento y pesado, como si alguien arrastrara una maza de hierro envuelta en trapos húmedos. Paso a paso, aquel peso invisible subió por los tablones del suelo y se detuvo justo a los pies del lecho.

Sobre la mesita de noche reposaba un plato de barro con un puñado de granos menudos de mijo que su abuela le había hecho colocar junto a la ventana para entretener a los seres de la noche. La sombra oscura alargó una pata delantera hacia el plato y trató de coger los granos; pero en su extremidad peluda se abría un orificio limpio por donde las semillas resbalaban en silencio al suelo sin que pudiera retenerlas.

Impaciente y furiosa por el engaño del mijo, la criatura dio un salto sobre las mantas.

El aire de la habitación se volvió de pronto espeso y frío, cargado de un olor agrio a ceniza mojada y herrumbre.

Martí bajó la vista tanto como sus pupilas se lo permitieron. Trepando sobre la colcha, subía una figura negra y apelmazada, del tamaño de un perro gordo o un carnero pequeño. Su pelaje no tenía brillo; parecía una masa de sombra compacta sin facciones definidas, salvo por una presencia abrumadora que helaba el pecho.

Antes de que el tejedor pudiera pestañear, la criatura avanzó dos pasos y apoyó su pata delantera directamente sobre el centro de su esternón.

El impacto no fue el de una pata animal con almohadillas suaves. Se sintió como un bloque macizo de plomo o hierro forjado descargado sobre sus costillas. El aire fue expulsado de golpe de los pulmones de Martí, y el peso comenzó a multiplicarse con cada segundo, como si la criatura acumulara sobre su pecho toda la gravedad de la tierra.

—La Pesanta —pensó Martí con desesperación, recordando las historias que se contaban junto al fuego en los días de invierno. La sombra de pata pesada que entra sin abrir cerrojos y aplasta el aliento de los hombres mientras duermen.

La sombra se inclinó sobre su rostro. Martí no vio ojos ni dientes, solo una masa oscura y fría que absorbía el poco calor que le quedaba en las mejillas. Sentía que las costillas se le quebraban milímetro a milímetro y que el corazón se le detenía por falta de espacio para latir.

Sabía que si se rendía al pánico, el peso terminaría por ahogarlo en silencio. Recordó entonces que las ancianas aconsejaban que el hierro afilado de trabajo espantaba a los malos espíritus nocturnos.

Concentró todas las fuerzas que le restaban en el brazo derecho. Ignoró la asfixia, apretó los dientes hasta sentir dolor en la mandíbula y obligó a su mano a deslizarse unos centímetros fuera de la cama. En la mesilla, junto al plato de mijo volcado, reposaban las tijeras pesadas de hierro con las que cortaba los hilos de su telar antes de dormir.

Con un último esfuerzo agónico, sus dedos rozaron el metal helado de las tijeras. Apretó el puño alrededor del aro y lo golpeó contra la madera de la mesita, produciendo un tintineo metálico claro y seco que resonó en el cuarto como un campanazo.

Al instante, la criatura soltó un bufido ronco, levantó su pata pesada del pecho de Martí y se deslizó hacia la rendija del ventanuco con la ligereza de una nube arrastrada por el viento.

El aire entró de golpe en la garganta del muchacho, que cayó de lado tosiendo y jadeando, empapado en sudor frío. Cuando logró encender la palmatoria con manos temblorosas, sobre la manta de lana quedó marcada una huella redonda y cenicienta, rodeada de granos de mijo esparcidos y un fino polvo gris que olía a hierro viejo.


Adaptación: Shyvirelle

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