Leyendas de Terror Cortas

La leyenda del Trasgu

La leyenda del Trasgu

Durante tres semanas seguidas, en la casería de Baldomero y Ramona no hubo una sola noche de descanso. Apenas se apagaba el fuego del hogar y la casa quedaba a oscuras, comenzaban los ruidos en la cocina: cazuelas de barro que rodaban por el suelo sin romperse, harina esparcida sobre las losas y las vacas en la cuadra desatadas de sus pesebres.

Ramona bajaba cada mañana con una escoba de retama a barrer el desorden, refunfuñando entre dientes.

—Esto no es obra de ratones ni de gatos, Baldomero —decía la mujer mientras recogía cucharas de madera tiradas por los rincones—. Tenemos un trasgu metido en la casa.

Baldomero, cansado de no dormir, propuso lo que muchos vecinos de Cangas de Onís hacían en casos parecidos: cargar el carro con los arcones y mudarse a otra aldea. Pero mientras subían los sacos al carro en el patio, desde dentro de un cesto de mimbre asomó una cabecita menuda con un gorro de lana roja, que les dijo con voz chillona:

—¡Si os mudáis, avisadme, que yo llevo el cernedor!

Comprendiendo que huir no servía de nada, Baldomero bajó los arcones y decidió consultar al abuelo Anselmo, el anciano más viejo del pueblo.

—Al trasgu no se le vence con palos ni con rezos —le dijo el anciano fumando su pipa de barro—. Al trasgu se le vence dándole una tarea que su vanidad no pueda rechazar y que su cuerpo no pueda cumplir. Dadle grano menudo y agua para lavar.

Aquella misma tarde, Ramona preparó la trampa en la cocina. Colocó sobre la mesa baja dos cosas: un cuenco de barro con medio kilo de linaza, esas semillas diminutas y resbaladizas que apenas se pueden sujetar entre los dedos, y un cesto de mimbre tejido con huecos abiertos. Al lado dejó una nota escrita con tiza en la madera: Lava la linaza en el cesto y cuéntala grano a grano antes de que amanezca.

El matrimonio se retiró a la alcoba y esperó en silencio.

Cerca de la medianoche, las cenizas del hogar crujieron y una figura diminuta saltó a la cocina. No medía más de dos cuartas de alto. Tenía las piernas flacas, una leve cojera al andar y un sayo pardo ceñido con una cuerda, coronado por su infaltable gorro rojo.

El hombrecillo vio el cuenco sobre la mesa y soltó una risita burlona.

—¡Creen que no sé lavar el grano! —murmuró con orgullo—. ¡Verán qué limpia dejo la semilla para el desayuno!

El Trasgu agarró un puñado de linaza con la mano izquierda para empezar a contarla. Pero el duende tenía una peculiaridad que todos los seres de su especie compartían: en el centro exacto de la palma izquierda tenía un orificio redondo y limpio. Al cerrar el puño, las semillas resbaladizas comenzaron a escaparse por el agujero, cayendo en cascada sobre la mesa y el suelo.

El duende frunció el ceño. Volvió a tomar otro puñado con más fuerza, pero la linaza se escurría de nuevo sin remedio por la palma perforada. Intentó entonces meter las semillas en el cesto de mimbre y llevarlo al cubo del agua; pero en cuanto vertía el agua en el cesto, el líquido salía a chorros por las rendijas, empapando sus botas y las losas sin que quedara una sola gota dentro.

Durante horas, Baldomero y Ramona escucharon desde la escalera los resoplidos, los jadeos y las maldiciones en voz baja del duendecillo, que corría de la mesa al cubo y del cubo al cesto sin poder retener ni el agua ni las semillas.

Cuando el primer rayo de sol asomó por el ventanuco, el Trasgu estaba exhausto, con el sayo mojado y las manos vacías. Miró las semillas esparcidas por el suelo, incapaz de cumplir la tarea, y comprendió que se habían burlado de él.

Lanzó el cesto contra la pared, soltó un chillido de rabia que hizo ladrar a los perros del establo y se escabulló por el tiro de la chimenea hacia los bosques del monte.

Al amanecer, Ramona barrió los granos esparcidos por el suelo y colocó la criba en su gancho. La casa quedó quieta. De vez en cuando, en las noches de viento sur, algún puchero se movía apenas en la balda, pero no volvieron a encontrar harina ni cazuelas en el suelo.


Adaptación: Shyvirelle

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