El retumbo bajaba desde las cumbres calizas de los Picos como si una peña descomunal hubiera echado a rodar por la ladera. En la majada alta, Donato y su nieto Mateo apresuraban el paso para meter a las vacas tudancas en el corral de piedra antes de que la tormenta descargara sobre el valle.
—Abuelo, ese ruido no es de trueno —dijo Mateo, deteniéndose junto a la cancela con la vara temblando en su puño—. El suelo está vibrando bajo las botas.
Donato miró hacia el desfiladero con expresión grave.
—Es el Ojáncano, muchacho —respondió el anciano con voz firme pero queda—. Cuando la niebla se pone colorada en la cumbre, baja a cegar las fuentes y a descuajar los árboles de los pastos. Apaga el candil de inmediato y pégate a la pared.
El muchacho obedeció sin chistar. En los valles de Cantabria no había pastor que no conociera la fama de aquella fiera: un gigante torpe y colérico, cubierto de pelo áspero de la cabeza a los pies, con un solo ojo redondo en medio de la frente que ardía con la rabia de todas las tormentas. Los viejos decían que su fuerza era inagotable mientras conservara oculta en su espesa barba roja una única hebra de pelo blanco, y que solo temía a las criaturas de la noche que vuelan sin hacer ruido.
Un crujido formidable sacudió el borde del pastizal.
De entre los peñascos asomó una mole de más de tres metros de altura. Tenía los hombros anchos como yugos de buey y los brazos largos, terminados en manos con garras sucias de tierra y resina. Con un solo manotazo derribó un fresno joven, partiéndolo en dos como si fuera una brizna de paja seca, y soltó un bramido gutural que hizo temblar las tejas de la cabaña.
Su único ojo, grande y amarillento, brillaba en la penumbra buscando ganado que devorar. Al ver la pared del corral, el monstruo aceleró sus zancadas pesadas, dejando huellas tan hondas que el agua de lluvia las llenaba al instante.
Donato sabía que no podían huir campo a través; las piernas de aquel coloso alcanzaban a cualquier hombre en tres carreras.
—Mateo —susurró el abuelo, señalando el alero de paja y brezo de la cabaña—, sube a la escalera y suelta a la lechuza del nidal. ¡Rápido!
Bajo el alero anidaba desde hacía años una lechuza blanca que los pastores cuidaban para mantener a raya a los ratones del granero. Mateo subió con agilidad los tres peldaños de madera, metió la mano enguantada en el hueco oscuro y sacó con cuidado al ave asustada.
El gigante estaba a menos de diez pasos, levantando un peñasco enorme para arrojarlo contra el muro del corral.
—¡Ahora, muchacho! —gritó Donato.
Mateo lanzó la lechuza directamente al aire, hacia la cara del monstruo. El ave, asustada por el bramido, desplegó sus amplias alas blancas y aleteó con furia contra el rostro peludo del gigante, clavándole las garras en la frente y rozando su único ojo con las plumas.
El Ojáncano soltó el peñasco, que cayó sobre sus propios pies, y emitió un aullido de pánico tan desgarrador que los ecos rebotaron en todas las hoces del valle. Cegado momentáneamente por el aleteo y aterrorizado por el ave que tanto aborrecía, comenzó a lanzar manotazos ciegos al aire, tropezando contra las rocas del camino.
Donato y Mateo no esperaron. Se deslizaron ágiles por una grieta estrecha de la peña, inaccesible para el cuerpo descomunal del gigante, y observaron desde el resguardo cómo la bestia, tambaleante y maltrecha, huía monte arriba aullando de dolor hacia las simas más profundas de la cordillera.
Al amanecer, cuando el valle volvió al silencio, los pastores encontraron el fresno partido y la huella honda de la peña aplastada. La lechuza blanca reposaba tranquila sobre el alero, vigilando la cumbre serena donde el gigante no se atrevería a bajar mientras volaran las alas de la noche.
Adaptación: Shyvirelle
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