Mitos y Leyendas

La leyenda de la Telesita

La leyenda de la Telesita

La tierra del monte santiagueño llevaba seis meses sin ver caer una sola gota de agua del cielo. El cauce del río se había reducido a un hilo fangoso y agrio, los algarrobos dejaban caer sus hojas secas como lluvia de polvo y las cabras flacas escarbaban el suelo cuarteado buscando raíces que mascar.

Don Segundo miró hacia el horizonte caliente donde el sol acababa de ocultarse dejando una franja rojiza y seca. En el patio del rancho, varios vecinos de las picadas vecinas habían llegado con sus caballos sudados y sus instrumentos al hombro.

—Si no llueve en esta luna, Segundo, se nos mueren las majadas —dijo don Fausto, ajustando las presillas de su bombo legüero—. Hay que hacerle una telesiada al ánima bendita.

Segundo asintió sin dudar. En todo Santiago del Estero se conocía la promesa de la Telesita: Telésfora Castillo, aquella muchacha inocente y solitaria que recorría los montes bailando descalza en todas las fiestas criollas, hasta que una noche de invierno el fuego de un fogón campesino prendió en su vestido de percal y la consumió en medio de la soledad del monte.

Desde entonces, el pueblo la recordaba no con rezos tristes, sino con la danza que tanto amaba en vida. Cuando la sequía apretaba o se perdía un lote de animales, los campesinos encendían un fogón de leña dura de quebracho y bailaban siete chacareras seguidas sin detenerse, ofreciendo copas de caña y el sudor de la promesa para que la niña del monte intercediera por el agua de los cielos.

Don Segundo arrojó un leño encendido a la pira de ramas secas. El fuego brotó con un chasquido alegre, levantando una columna de chispas doradas hacia la noche tibia.

El primer golpe del bombo sonó seco y profundo en el pecho: tum-tum, tum-pa.

El violín criollo rompió el aire con una melodía rápida y lastimera, y las parejas entraron al ruedo levantando el polvo fino del patio. Bailaron la primera chacarera con brío, girando alrededor de las llamas ardientes; luego la segunda, y la tercera, mientras el sudor empapaba las camisas y el aroma de la caña quemada endulzaba el aire del monte.

Nadie se detenía a descansar. El cansancio de los cuerpos se ofrecía entero a la memoria de la danzarina del monte.

Al comenzar la séptima chacarera, cuando la música alcanzó su ritmo más vivo y los parches de los bombos retumbaban como truenos lejanos, el viento de la noche cambió de golpe.

Segundo miró hacia el corazón del fuego.

Entre las brasas incandescentes del quebracho blanco, las chispas comenzaron a arremolinarse formando una figura leve y luminosa. Era la silueta de una joven de cabellos oscuros sueltos al viento, con una saya andrajosa que flotaba entre el humo sin quemarse. La figura bailaba con una gracia infinita, girando descalza sobre la ceniza ardiente al compás exacto de las notas del violín, sonriendo con una dulzura que apaciguaba todas las penas de la tierra.

El viejo hachero sintió que se le humedecían los ojos, sin dejar de marcar el paso sobre la tierra apisonada.

En el último acorde de la música, cuando el violín apagó su nota más alta y los bailarines quedaron jadeando alrededor del rescoldo humeante, la silueta etérea se elevó en una espiral de chispas doradas y se desvaneció hacia lo alto de la noche.

Un segundo después, el silencio volvió a adueñarse del monte.

Segundo levantó el rostro sudado hacia el cielo negro. Una gota de agua fría y limpia le cayó en el centro de la frente; luego otra, y otra más, hasta que un olor bendito a tierra mojada subió del suelo y un chaparrón torrencial comenzó a golpear los techos de paja del rancho.

Los campesinos se abrazaron bajo la lluvia bienhechora con las lágrimas mezcladas con el agua del cielo. El ánima de la Telesita había cumplido su promesa una vez más, dejando en el patio la huella fresca de la lluvia y el recuerdo imborrable de su danza eterna sobre las brasas del monte.


Adaptación: Shyvirelle

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