Cuatro historias pequeñas para leer en voz baja y compartir un rato tranquilo con tu bebé. Puedes repetir un sonido, hacer una pausa o volver a su cuento favorito.
1. El patito del calcetín amarillo
Había una vez un calcetín amarillo de lana muy suave que vivía en el cajón de la cómoda.
Todas las mañanas jugaba a asomarse por el borde del cajón. Asomaba primero la punta del talón, luego el elástico redondo y finalmente daba un saltito alegre para calentar cinco deditos pequeños.
—¡Cuac, cuac! —decía el patito imaginario al tocar el tobillo con una caricia tibia.
El calcetín se acomodaba alrededor del pie. Después se quedaba quietecito, guardando el calor de los deditos mientras el bebé sonreía mirando hacia la ventana donde empezaba a entrar la luz del sol.
2. La luna detrás del visillo
La luna blanca y redonda subió por el cielo despacio, como un globo que no tiene prisa.
Al llegar a la ventana de la habitación, se asomó detrás del visillo transparente para comprobar que todo estaba en calma. Vio al osito de felpa sentado en la silla, al sonajero de madera descansando sobre la alfombra y a los ojos pequeños del bebé que parpadeaban cada vez más lentos.
La luna no hizo ruido. Apagó una estrella lejana para que la luz fuera más tenue y sopló una brisa fresca que mecía la cortina con un vaivén suave: va y viene, va y viene. Cerró los párpados de plata y se quedó vigilando la noche con su luz tranquila.
3. El bostezo del oso Pompón
El oso Pompón era de peluche marrón y tenía las orejas redondas y la nariz bordada con hilo negro.
Al caer la tarde, Pompón sintió que los brazos le pesaban un poquito. Se sentó en una silla junto a la ventana, estiró las dos patitas esponjosas y abrió la boca grande, muy grande: ¡Aaaaah! Soltó un bostezo suave que olió a sábanas limpias y a sol de la tarde.
Miró al bebé que lo acompañaba, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró sus dos ojitos bordados. Cuando un oso de peluche bosteza, todos los muñecos de la casa se quedan dormidos en silencio.
4. La gotita de agua tibia
Mientras unas manos sostenían al bebé durante el baño, saltó una gotita de agua tibia: ¡Plop!
La gotita resbaló por la esponja amarilla de espuma, dio una voltereta sobre el patito de goma y fue a acariciar el dedito gordo del pie. El agua estaba templada y sonaba bajito: plop, plop.
Luego llegó una toalla grande y mullida que envolvió todo el cuerpecito como si fuera un abrazo caliente. La gotita se despidió con un rumor suave en el desagüe mientras el bebé, limpio y arropado, se recostaba tranquilo en los brazos que lo mecían.
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