Quito conserva muchas historias asociadas con sus iglesias, plazas y calles antiguas. Entre las más conocidas están la leyenda de Cantuña y la del Gallo de la Catedral.
1. Cantuña y la piedra que faltó
La leyenda cuenta que Cantuña tenía a su cargo una obra importante junto al conjunto de San Francisco. El trabajo avanzaba, pero parecía imposible terminarlo a tiempo.
Una noche, mientras Cantuña observaba todo lo que faltaba, apareció el diablo.
—Puedo terminar la obra antes del amanecer —le dijo.
—¿Qué quieres a cambio?
—Tu alma.
Cantuña dudó, pero aceptó con una condición:
—La obra debe quedar completa. No puede faltar ni una sola piedra.
El diablo aceptó.
De inmediato aparecieron ayudantes que comenzaron a mover piedras con una rapidez imposible.
Cantuña observó durante un rato y comprendió el peligro del trato que había hecho.
Mientras los trabajadores se ocupaban de otra parte, tomó una piedra y la escondió.
Poco antes del amanecer, el visitante regresó.
—La obra está terminada. Cumple ahora tu parte.
Cantuña recorrió el lugar.
—No está terminada.
Señaló el espacio vacío.
—Falta una piedra.
El diablo buscó por todas partes, pero no pudo demostrar que la condición se hubiera cumplido.
Según la leyenda, tuvo que marcharse sin cobrar el pacto.
Cuando salió el sol, Cantuña sacó de su escondite la piedra. La sostuvo un momento entre las manos y la dejó junto al hueco.
2. Don Ramón y el Gallo de la Catedral
Don Ramón es el personaje de una conocida leyenda quiteña. La historia lo presenta como un hombre orgulloso que regresaba de noche por las calles del centro.
Cuando pasaba frente a la Catedral miraba el gallo colocado en lo alto y se burlaba de él.
—Yo soy más gallo que tú —decía.
Repitió la provocación muchas noches.
Una madrugada volvió a detenerse en el mismo lugar.
—¿Y hoy tampoco respondes?
Entonces escuchó un fuerte movimiento sobre él.
Don Ramón levantó la cabeza.
En la leyenda, el gallo abandona su lugar y baja para enfrentarlo.
—¿Quién es ahora el más valiente? —preguntó el gallo.
Don Ramón retrocede y pierde toda su seguridad.
—Ya entendí. No volveré a molestarte.
Corre a su casa.
A la mañana siguiente, el gallo está otra vez en su sitio, inmóvil.
Don Ramón vuelve a pasar por la plaza, pero esta vez sigue de largo.
Al llegar a la esquina se quitó el sombrero. Solo entonces volvió a mirar hacia lo alto.
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