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Hans el erizo: el cuento de los hermanos Grimm

Hans el erizo: el cuento de los hermanos Grimm

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Lectura original: https://relatoscortos.org/hans-el-erizo-cuento-hermanos-grimm/

Adaptación abreviada de «Hans mein Igel» («Hans, mi erizo»), cuento 108 de los hermanos Grimm, según la edición de 1857. Esta recreación usa escenas y diálogos propios, suaviza los episodios violentos y presenta las promesas de matrimonio como decisiones que nadie puede tomar por otra persona.

En una granja rodeada de campos vivían un hombre y su esposa. Tenían buena cosecha, animales sanos y un techo que no dejaba pasar la lluvia. Sin embargo, al granjero lo irritaba que los demás le preguntaran por qué no tenía hijos. Un día volvió del pueblo tan enfadado que soltó un deseo sin pensar:

—Quiero un hijo, aunque venga cubierto de púas como un erizo.

Tiempo después nació Hans. La parte superior de su cuerpo estaba cubierta de púas; de la cintura hacia abajo tenía el aspecto de un niño. Su madre se esforzó por cuidarlo, pero en aquella casa nadie sabía cómo hacerle un lugar. Le prepararon una cama de paja detrás del horno, lejos de las manos y de las miradas. Allí pasó ocho años, escuchando desde su rincón las voces de quienes se sentaban a la mesa.

Cuando su padre anunció que iría al mercado, Hans lo llamó:

—Tráeme una gaita, por favor.

El hombre esperaba una petición imposible. Una gaita, en cambio, podía comprarla. Regresó con el instrumento bajo el brazo y se lo dejó al muchacho. Al principio, Hans produjo un ruido semejante al viento atrapado en una puerta; después fue descubriendo las notas. Por primera vez, algo que nacía de su rincón llenó toda la casa.

Un día dejó de tocar y le pidió otra cosa a su padre:

—Lleva nuestro gallo al herrero. Necesita pequeñas herraduras, porque pienso recorrer el mundo sobre él.

El granjero no entendió la petición. Aun así, hizo lo que Hans le pedía. Cuando el gallo volvió con sus diminutos herrajes, Hans acomodó la gaita sobre su espalda, reunió algunos cerdos y asnos y se despidió. Su padre no intentó detenerlo.

En el bosque encontraron un árbol tan alto que desde sus ramas se veía el camino entre los montes. El gallo subía con Hans hasta allí, y los animales pastaban abajo. Pasaron los años. El rebaño creció, y quienes cruzaban el bosque oían una música que parecía salir de las hojas. Algunos se acercaban a buscar al músico, pero se marchaban sin descubrirlo.

Una tarde el bosque recibió a un viajero distinto: un rey que había perdido el camino de vuelta a su palacio. Sus acompañantes daban vueltas en círculos, cada vez más preocupados. Al escuchar la gaita, siguieron el sonido y hallaron a Hans sentado en una rama, sobre el gallo.

—¿Conoces la salida? —preguntó el rey, después de superar la sorpresa.

—Conozco cada sendero —respondió Hans—. Te guiaré si escribes una promesa: cuando regreses a tu palacio, me corresponderá lo primero que salga a recibirte.

El rey pensó que aquel extraño músico no sabría leer lo que él escribiera. Tomó papel y pluma, fingió aceptar y dejó constancia de lo contrario: que no tendría que entregar nada. Hans lo condujo hasta el camino seguro y volvió con sus animales.

En el palacio, la primera en correr hacia el rey fue su hija. Él le contó lo ocurrido, incluida la trampa de la escritura. La princesa escuchó en silencio. No había sido ella quien había hecho aquella promesa, pero comprendió que el músico podía presentarse a reclamarla.

Mucho tiempo después, otro rey se perdió en el mismo bosque. También llegó hasta el árbol guiado por la música. Hans le ofreció el mismo trato. Este segundo viajero escuchó las condiciones, firmó sin engaños y siguió al gallo hasta la salida. Al regresar, fue su hija quien se adelantó para abrazarlo. El rey le habló del acuerdo y reconoció, preocupado, que había prometido algo que no le pertenecía decidir.

—Cuando venga Hans, quiero conocerlo —dijo ella—. Después hablaré por mí misma.

Hans continuó viviendo entre los árboles hasta que tuvo tantos animales que ya no encontraba terreno suficiente para ellos. Volvió a su aldea y repartió el rebaño entre las granjas, donde podía ser cuidado. Su padre lo vio desde la puerta, todavía montado sobre el gallo, pero no encontró palabras para recibirlo. Hans tampoco se quedó. Hizo revisar las herraduras de su compañero y emprendió el camino hacia el primer reino.

Allí lo esperaban las puertas cerradas. El rey había dado órdenes de impedirle la entrada. Los guardias rodearon al gallo, pero este extendió las alas, superó la muralla y aterrizó frente a una ventana del palacio.

—Prometiste darme lo primero que te recibiera —dijo Hans—. Después escribiste otra cosa. Quiero que reconozcas lo que hiciste.

El rey mostró el documento falso, como si bastara para poner fin a la discusión. Entonces apareció la princesa. Miró al visitante, miró a su padre y habló antes que ninguno de los dos.

—No soy una recompensa que pueda firmarse en un papel. Tampoco participé en tu engaño, padre.

Hans bajó la vista hacia la gaita, gastada por tantos inviernos.

—Tienes razón —respondió—. Vine por una promesa, pero no puedo reclamar tu vida. Lo que sí puedo reclamar es la verdad.

El rey, sin poder sostener su mentira ante todos, reconoció el fraude. Hans se marchó del reino sin llevarse a nadie. Le dolía aquella despedida: había pasado años creyendo que una palabra escrita podía abrirle una puerta. Ahora sabía que una puerta solo servía si quienes estaban detrás querían abrirla.

En el segundo reino ocurrió algo diferente. Los guardias no escondieron sus rostros ni cerraron las puertas. Habían recibido instrucciones de acompañar al músico hasta el palacio. Lo invitaron a descansar, le sirvieron comida y escucharon su gaita durante la cena.

La princesa se había preguntado muchas veces cómo sería Hans. Al verlo, se sorprendió, pero no apartó su silla. Le preguntó por el bosque, por sus animales y por aquel gallo que esperaba tan tranquilo en el patio. Hans le contó sus años de silencio detrás del horno y la primera mañana en que logró tocar una melodía entera.

—Mi padre dio su palabra sin consultarme —dijo ella cuando quedaron a solas—. Quiero decidir a quién acompaño.

—Y yo quiero que alguien se quede porque le agrada estar conmigo —respondió Hans.

No resolvieron su futuro en una sola conversación. Durante un tiempo caminaron por los jardines, hablaron de las cosas que cada cual temía y escucharon juntos la música que Hans había aprendido en soledad. Acabaron eligiéndose y celebraron su boda con el consentimiento de ambos.

Aquella noche Hans les confió un secreto. Había una manera de desprenderse para siempre de la piel de púas que lo envolvía. Pidió que cuatro servidores permanecieran cerca y que, cuando él dejara esa piel en el suelo, la llevaran al fuego para que no pudiera regresar a su cuerpo. La princesa escuchó con atención y se aseguró de que todos comprendieran lo que Hans deseaba.

Cuando llegó el momento, la vieja cubierta cayó como un abrigo demasiado pesado. Los servidores la retiraron y la quemaron. Hans quedó débil y desconcertado, pero libre de aquella piel encantada. Con el descanso recuperó las fuerzas. Su aspecto había cambiado; no así su manera de reconocer una melodía, ni el recuerdo de los años en el árbol.

Pasó el tiempo y Hans quiso volver a la granja donde había nacido. Viajó con su esposa, dejó el gallo en el patio y llamó a la puerta. Su padre vio a un hombre desconocido y dijo que su hijo se había marchado hacía mucho.

Hans abrió el estuche de la gaita. Tocó apenas las primeras notas de aquella melodía que había ensayado detrás del horno. El anciano se quedó inmóvil.

—¿Hans?

—Soy yo, padre.

Se abrazaron en la entrada. Hubo cosas que el anciano tardó en decir y otras que Hans no necesitó pedirle. Cuando partió de nuevo, su esposa caminaba a su lado, el gallo avanzaba delante de ellos y la gaita descansaba sobre su hombro. Esta vez no se iba porque no hubiese sitio para él, sino porque tenía un hogar al cual regresar.

Adaptación: Shyvirelle.

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Acerca de…

Soy Shyvirelle, creador de esta comunidad de cuentos y obras de teatro. Aquí encontrarás historias de terror, amor, drama y comedia, además de guiones para distintos públicos. Descubre a nuestros autores y comparte tus lecturas favoritas.