Los músicos de Bremen: cuento adaptado de los hermanos Grimm
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Un burro había pasado muchos años llevando sacos de harina al molino. Conocía cada piedra del camino y cada curva del río. Pero sus patas estaban cansadas y ya no podía cargar tanto peso.

Su dueño empezó a decir que no quería mantener a un animal viejo. El burro escuchó aquellas palabras y decidió irse antes de que lo echaran.
—Todavía tengo voz —se dijo—. Iré a Bremen y me haré músico.
No tenía un instrumento, pero la idea lo animó a seguir andando.
Después de un rato encontró a un perro tendido junto al camino. El perro respiraba con dificultad y tenía las orejas caídas.
—¿Por qué estás tan triste? —preguntó el burro.
—Antes corría detrás de las presas. Ahora soy lento y mi amo ya no me quiere. No sé adónde ir.
—Ven conmigo a Bremen. Tú tienes un ladrido fuerte y yo puedo hacer la voz grave. Formaremos un grupo.
El perro se levantó, sacudió el polvo de sus patas y se unió al viaje.
Un poco más adelante vieron a una gata sentada junto a una cerca. Miraba al suelo sin mover la cola.
—¿También has tenido un mal día? —preguntó el perro.
—He tenido varios —respondió la gata—. Ya no atrapo ratones como antes. En mi casa creen que estorbo, así que me fui.
—Nosotros vamos a Bremen para hacer música —dijo el burro—. Tu maullido nos vendría muy bien.
La gata dudó un momento. Luego se estiró y empezó a caminar a su lado.
Al pasar por una granja oyeron un canto tan fuerte que los tres se detuvieron. Un gallo estaba sobre la puerta del corral, cantando sin descanso.
—¿Qué celebras? —preguntó la gata.
—Nada —respondió el gallo—. Escuché que mañana quieren cocinarme. Prefiero usar mi voz mientras pueda.
—Entonces vente con nosotros —propuso el burro—. Nos falta alguien que cante las notas más altas.
El gallo bajó del corral de un salto y los cuatro siguieron hacia Bremen.
Pasaron horas conversando sobre las canciones que podrían tocar. El burro quería marcar el ritmo con los cascos. El perro imaginaba golpes de tambor. La gata prefería una música suave y el gallo soñaba con anunciar cada concierto.
Cuando oscureció, aún estaban lejos de la ciudad. Buscaron un lugar para dormir. Desde una colina, el gallo vio una luz entre los árboles.
—¡Allí hay una casa! —gritó.
Se acercaron despacio y miraron por una ventana. Cuatro ladrones estaban sentados alrededor de una mesa llena de comida. Habían dejado sus bolsas en un rincón y hablaban a carcajadas.
—Me vendría bien un techo —murmuró el perro.
—Y algo de cenar —añadió la gata.
El burro observó la ventana y tuvo una idea.
—Si cantamos los cuatro a la vez, quizá piensen que somos una banda enorme.
Apoyó las patas delanteras en el marco. El perro subió con cuidado a su lomo, la gata trepó sobre el perro y el gallo se acomodó en lo más alto.
—¡Ahora! —ordenó el burro.
El burro rebuznó, el perro ladró, la gata maulló y el gallo cantó con todas sus fuerzas. Después empujaron la ventana y entraron entre un estruendo de voces y golpes.
Los ladrones vieron cuatro sombras juntas y salieron corriendo hacia el bosque. Los animales quedaron solos frente a la mesa.
Cenaron lo que pudieron y buscaron sitios cómodos para descansar. El burro se acostó junto a un montón de paja en el patio, el perro cerca de la puerta, la gata al lado de la chimenea apagada y el gallo sobre una viga.
A medianoche, uno de los ladrones volvió para investigar. Entró sin hacer ruido. Vio brillar los ojos de la gata y creyó que eran brasas. Se acercó para encender una vela.
La gata soltó un bufido y saltó lejos de su mano. El perro se despertó y ladró junto a la puerta. En el patio, el burro golpeó el suelo con los cascos. Desde arriba, el gallo lanzó un canto que retumbó por toda la casa.
El ladrón huyó sin mirar atrás.
—¡Hay una criatura horrible allí dentro! —contó a los otros—. Tiene ojos brillantes, grita desde el techo y hace temblar el suelo.
Ninguno quiso regresar. A la mañana siguiente, los cuatro amigos descubrieron que la casa estaba vacía y tenía espacio para todos.
—¿Seguimos hasta Bremen? —preguntó el perro.
El burro miró el techo, la mesa y a sus nuevos compañeros.
—Podemos ir otro día —respondió—. Aquí también podemos hacer música.
Así se quedaron. Nunca llegaron a tocar en Bremen, pero encontraron un hogar. Y, cuando les apetecía, sus cuatro voces llenaban el bosque con una canción imposible de confundir.
Resumen breve
Un burro, un perro, una gata y un gallo se unen para ir a Bremen y vivir de la música. En el camino ahuyentan a unos ladrones con una canción muy ruidosa. Encuentran una casa donde deciden quedarse juntos.
Preguntas de comprensión
- ¿Por qué el burro decidió marcharse? Respuesta: Porque estaba cansado, ya no podía cargar tanto y su dueño no quería mantenerlo.
- ¿Cómo espantaron los animales a los ladrones? Respuesta: Se colocaron unos sobre otros, hicieron ruido a la vez y entraron por la ventana.
- ¿Llegaron los cuatro animales a Bremen? Respuesta: No. Se quedaron a vivir en la casa que encontraron en el bosque.
Actividad opcional (5 minutos): crear una orquesta
Elige cuatro sonidos distintos que puedas hacer con la voz o las manos. Dales un orden, ensáyalos durante un minuto y luego hazlos seguidos para inventar una «canción» corta, sin necesidad de usar instrumentos.
Sobre esta adaptación
Recopiladores del cuento tradicional: Jacob y Wilhelm Grimm, conocidos como los hermanos Grimm. Adaptación y redacción: Shyvirelle. En esta versión se suavizan las amenazas contra los animales y el encuentro violento con el ladrón del cuento tradicional.
Texto antiguo consultado: «Die Bremer Stadtmusikanten», edición de 1857, en Wikisource.
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