El zapatero y los duendes: cuento adaptado de los hermanos Grimm
Lectura original: https://relatoscortos.org/el-zapatero-y-los-duendes-cuento-adaptado-hermanos-grimm/
En una calle estrecha había un taller de zapatos. Allí trabajaba un zapatero con su esposa. Cada mañana abrían la ventana para que entrara la luz y cada noche recogían con cuidado sus herramientas.

El zapatero conocía bien su oficio. Medía los pies, cortaba el cuero y cosía suelas resistentes. Sin embargo, llevaban semanas con muy pocos clientes. El dinero apenas alcanzaba para comprar comida.
Una tarde revisó el último pedazo de cuero que quedaba en la mesa.
—Solo puedo hacer un par de zapatos —le dijo a su esposa.
—Entonces hagámoslo con cuidado —respondió ella—. Quizá mañana llegue un comprador.
El zapatero cortó las piezas para comenzar a coser al amanecer. Dejó las agujas y el hilo junto al cuero, apagó la lámpara y fue a dormir.
Cuando regresó al taller, encontró sobre la mesa un par de zapatos terminados.
—¿Los hiciste tú? —preguntó, sorprendido.
—No. Pensé que habías trabajado después de cenar —respondió su esposa.
Examinaron el par. Las puntadas eran pequeñas y firmes. Los cordones estaban bien puestos. Hasta las suelas, que solían ser difíciles de coser, parecían perfectas.
A media mañana entró una clienta. Se probó los zapatos, dio unos pasos por el taller y sonrió.
—Son muy cómodos. Me los llevo.
Pagó lo suficiente para que el zapatero comprara cuero para dos pares. Él cortó las cuatro piezas principales esa misma tarde y dejó todo listo antes de acostarse.
A la mañana siguiente lo esperaban dos pares terminados.
Esta vez llegó un padre que buscaba zapatos para sus hijos. Los vio y preguntó si el zapatero podía preparar más. El artesano miró a su esposa, que levantó las cejas como diciendo: «Eso quisiera saber yo».
Con lo que ganó compró cuero para cuatro pares. Los cortó, los ordenó sobre la mesa y cerró el taller.
Al salir el sol, los cuatro pares estaban listos.
Así pasaron varias noches. Las personas empezaron a recomendar el pequeño taller. Algunos buscaban zapatos para una fiesta; otros necesitaban un par fuerte para caminar por el campo. El zapatero atendía a todos y apartaba dinero para comprar materiales nuevos.
Pero había algo que no lo dejaba tranquilo.
—Alguien está trabajando mientras dormimos —dijo—. Quiero darle las gracias.
—Y saber si necesita algo —añadió su esposa.
Faltaban pocos días para Navidad. Esa noche dejaron el taller preparado como siempre, pero no fueron a la cama. Se escondieron detrás de una cortina y esperaron en silencio.
Cuando el reloj dio las doce, se abrió una puertecita que nunca habían visto. Por ella entraron dos duendes diminutos. Caminaban descalzos y llevaban ropa tan gastada que apenas los abrigaba.
Uno tomó una aguja casi tan larga como su brazo. El otro sostuvo una pieza de cuero sobre la mesa. Sin discutir, comenzaron a coser, golpear y ajustar. Se pasaban las herramientas con rapidez, como si hubieran trabajado juntos toda la vida.
El zapatero quiso salir de su escondite, pero su esposa le apretó la mano. Los dos siguieron mirando hasta que los duendes dejaron los zapatos terminados, dieron un saltito y desaparecieron por la puertecita.
—Ahora sabemos quién nos ayudó —susurró el zapatero.
—Y también sabemos qué les hace falta —respondió ella.
Al día siguiente cambiaron sus tareas. La esposa eligió dos telas suaves y cosió dos camisas, dos chaquetas y dos pantalones pequeños. El zapatero aprovechó unos recortes para hacer dos pares de zapatos diminutos. También prepararon calcetines para los pies descalzos.
Por la noche colocaron los regalos sobre la mesa, justo donde solían dejar el cuero. Junto a ellos pusieron una nota sencilla: «Gracias por ayudarnos».
Los duendes entraron a medianoche y se detuvieron en seco.
—¡Mira estos zapatos! —exclamó uno.
—¡Y estas chaquetas son de nuestro tamaño! —dijo el otro.
Se vistieron, caminaron de un lado a otro y bailaron alrededor de la mesa. Luego salieron cantando por su puerta secreta.
Los duendes no regresaron. El zapatero y su esposa los echaron de menos, pero el taller ya tenía clientes y materiales. Trabajaron juntos, atendieron los pedidos uno por uno y pudieron vivir tranquilos.
De vez en cuando, al coser un zapato nuevo, el zapatero recordaba las manos rápidas de aquellos pequeños visitantes. Sonreía y revisaba con paciencia sus propias puntadas.
Resumen breve
Un zapatero descubre cada mañana zapatos que alguien terminó durante la noche. Él y su esposa ven a dos duendes trabajando a escondidas y les preparan ropa y zapatos como agradecimiento. Los duendes se marchan y el taller sigue abierto gracias a sus nuevos clientes.
Preguntas de comprensión
- ¿Qué encontró el zapatero la primera mañana? Respuesta: Un par de zapatos terminado que él había dejado sin coser.
- ¿Cómo descubrieron quién hacía los zapatos? Respuesta: Se escondieron detrás de una cortina y observaron el taller a medianoche.
- ¿Qué regalaron a los duendes? Respuesta: Ropa, calcetines y zapatos pequeños que habían preparado ellos mismos.
Actividad opcional (5 minutos): diseñar un zapato
Dibuja un zapato visto de lado y añade tres detalles útiles: una suela, un cierre y una parte que proteja el pie. Cuéntale a alguien para quién lo diseñaste y qué detalle te parece más importante.
Sobre esta adaptación
Recopiladores del cuento tradicional: Jacob y Wilhelm Grimm, conocidos como los hermanos Grimm. Adaptación y redacción: Shyvirelle. Esta versión corresponde al primer relato de «Die Wichtelmänner».
Texto antiguo consultado: «Die Wichtelmänner», edición de 1857, en Wikisource.
Descubre otros relatos en cuentos infantiles.
