El ruiseñor y la rosa: cuento de Oscar Wilde
Lectura original: https://relatoscortos.org/el-ruisenor-y-la-rosa-oscar-wilde-cuento/
Recreación literaria en español de «The Nightingale and the Rose» («El ruiseñor y la rosa»), de Oscar Wilde. La narración y los diálogos están escritos de nuevo a partir del cuento original; se conserva su final trágico e irónico.
En el jardín de una casa, un estudiante caminaba de un extremo a otro sin atender a las flores. Al día siguiente habría un baile en el palacio, y la joven a la que amaba le había dicho que bailaría con él si le llevaba una rosa roja. Era una petición sencilla, salvo por un detalle: en aquel jardín no crecía ninguna.
Había leído libros difíciles y llenado cuadernos con preguntas sobre el mundo, pero aquella mañana nada de eso le servía. Se agachó junto a un rosal y examinó sus ramas desnudas.
—Puedo explicar tantas cosas —murmuró—, y no consigo encontrar una sola flor para ella.
Un ruiseñor lo observaba desde su nido, entre las ramas de una encina. Desde allí había oído durante noches enteras conversaciones humanas: discusiones sobre dinero, promesas hechas con prisa y canciones que se olvidaban al terminar. Aquel muchacho, en cambio, parecía sufrir de verdad por una rosa. El ave pensó que por fin había encontrado al enamorado de quien tanto había cantado sin conocerlo.
Una lagartija cruzó el sendero y preguntó por qué estaba tan triste el joven. Una mariposa se posó cerca. Cuando el ruiseñor explicó que buscaba una flor roja, ninguna de las dos entendió semejante pena. Siguieron su camino y dejaron al estudiante solo con sus pensamientos.
El ruiseñor levantó el vuelo. En medio del jardín encontró un rosal cargado de brotes pálidos y le pidió una rosa roja.
—No puedo darte ese color —respondió el rosal—. Mis flores serán blancas. Busca junto al viejo reloj de sol.
Allí crecía otro rosal, de ramas finas. Tampoco podía ayudarlo: sus flores eran amarillas. Lo envió hasta la planta que se extendía debajo de la ventana del estudiante.
—Yo debería tener rosas rojas —dijo el tercer rosal—, pero el invierno dañó mis ramas. Este año no he podido abrir ninguna.
El ave miró la ventana cerrada. Del otro lado, el joven se sentía vencido por algo que para él parecía decidir toda su felicidad.
—¿No queda ninguna posibilidad? —preguntó.
El rosal tardó en responder. Finalmente le habló de un prodigio que solo pertenecía a los cuentos: una flor podría nacer con la música de un ruiseñor durante la noche, y adquirir su color a costa de la vida del propio pájaro. No bastaba cualquier canto. El ave tendría que permanecer junto a una espina hasta que su corazón dejara de latir.
El ruiseñor guardó silencio. Conocía el olor de la tierra después de llover, la tibieza de las ramas al atardecer y la alegría de descubrir otro día. Ninguna flor podía devolverle esas cosas. Sin embargo, estaba convencido de que el amor del estudiante merecía lo que él tenía para ofrecer.
Regresó a la encina para anunciar que habría una rosa al amanecer. El estudiante oyó su canto desde el césped, pero no entendió sus palabras. Pensó que el pájaro cantaba con mucha habilidad, aunque dudó que aquella música expresara un sentimiento verdadero. Después entró en su habitación y se acostó.
La encina, que había sostenido el nido durante tantas estaciones, comprendió lo que iba a suceder.
—Antes de irte, canta aquí una vez más —le pidió.
El ruiseñor obedeció. Su última canción entre aquellas hojas fue breve, y la encina la escuchó hasta que no quedó ni una nota flotando en el aire.
La luna apareció sobre los tejados. El ruiseñor descendió al rosal de la ventana y apoyó su pecho contra la espina. Comenzó a cantar. En lo alto de una rama surgió un botón cerrado, pequeño como una gota. A medida que transcurría la noche, los pétalos se desplegaron y la flor tomó un color apenas rosado.
El rosal necesitaba más tiempo y más vida. El ave siguió cantando a pesar del dolor. Su voz habló, sin palabras humanas, de la esperanza con que se espera un encuentro y del miedo a perderlo. El rosa pálido se volvió intenso; las hojas de la flor se llenaron de un rojo profundo.
Cuando la primera claridad rozó el jardín, la rosa estaba terminada. El ruiseñor ya no cantaba. Había caído al pie del rosal y había muerto allí, junto a la flor por la que entregó su vida.
Cerca del mediodía, el estudiante abrió la ventana. Su mirada se detuvo en una mancha roja que no había visto antes. Salió de inmediato al jardín y descubrió la rosa perfecta. La examinó con la satisfacción de quien encuentra, por fin, la respuesta a un problema.
—Es extraordinaria —dijo—. Nunca había visto una igual.
La cortó sin advertir al pequeño cuerpo inmóvil entre las hierbas. Luego se arregló la ropa y fue a casa del profesor, cuya hija se preparaba para el baile. La encontró en la entrada, ocupada en un trabajo de costura.
—He traído lo que me pediste —anunció, ofreciéndole la rosa—. ¿Bailarás conmigo esta noche?
La joven contempló la flor. No la tomó.
—Es bonita, pero no combinará con mi vestido. Además, el sobrino del chambelán me ha regalado unas joyas. Creo que iré al baile con él.
El estudiante tardó un momento en comprender que la respuesta era definitiva. Miró la rosa que aún sostenía. Había pensado que una flor resolvería todo lo que él no se atrevía a decir; ahora le parecía un objeto inútil.
—Me diste tu palabra —protestó.
—Y tú te has presentado como si una flor bastara para decidir por mí —replicó ella, antes de volver a entrar.
El joven salió a la calle con la rosa entre los dedos. Estaba enojado con la muchacha, consigo mismo y con aquella idea del amor que le había parecido tan clara pocas horas antes. Al llegar a la esquina arrojó la flor a la cuneta. Una rueda de carro pasó sobre los pétalos y los dejó hundidos en el barro.
De regreso en su cuarto, el estudiante buscó un libro grueso de filosofía. Le resultaba tranquilizador que las páginas hablasen de argumentos que podían ordenarse y discutirse sin depender de bailes ni promesas. Decidió que el amor era demasiado incierto para merecer su atención y volvió a estudiar.
En el jardín, la encina se movió apenas con el viento. Bajo el rosal no hubo un segundo canto. El muchacho, que había rechazado una rosa por parecerle inútil, nunca llegó a saber cuánto había costado conseguirla.
Adaptación: Shyvirelle.
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