La reina de las nieves: cuento adaptado de Hans Christian Andersen
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Autor original: Hans Christian Andersen (1844). Adaptación y redacción: Shyvirelle. Fuente de la obra clásica: Consultar el relato antiguo de Andersen en danés. Esta es una versión abreviada de redacción propia, no el texto íntegro del autor.

Hace mucho tiempo, un ser malvado fabricó un espejo extraño. Al mirarse en él, las cosas buenas parecían pequeñas y las malas parecían enormes. Un día, sus ayudantes quisieron elevarlo hasta el cielo. El espejo se rompió en miles de pedazos, y algunos fragmentos volaron por el mundo.
Cuando una astilla entraba en los ojos de alguien, esa persona empezaba a ver defectos en todo. Si otra llegaba al corazón, le costaba sentir cariño.
En una ciudad vivían dos niños llamados Gerda y Kay. Sus familias eran vecinas y ellos se querían como hermanos. En verano cuidaban unas rosas que crecían junto a sus ventanas; en invierno escuchaban los cuentos de la abuela de Kay.
Una tarde, Kay sintió algo en un ojo y después un dolor extraño en el pecho. Eran dos pedacitos del espejo. Desde entonces se burlaba de las flores y trataba mal a Gerda, aunque antes disfrutaba mucho jugando con ella.
Cuando llegó la nieve, Kay salió con su trineo. Vio un carruaje blanco que avanzaba por la plaza y ató su trineo a él. El carruaje se alejó cada vez más. Quien lo guiaba era la Reina de las Nieves, una mujer de mirada fría. La reina lo llevó hacia su palacio y, con sus besos helados, hizo que olvidara su hogar.
Pasaron los días. Nadie sabía dónde estaba Kay. Gerda decidió buscarlo. Se acercó al río, subió a una barquita y la corriente la llevó lejos de su ciudad.
Una mujer anciana la recibió en un jardín lleno de flores. Quería que Gerda se quedara y usó magia para que olvidara su búsqueda. Ocultó incluso los rosales, porque podían recordarle a Kay. Pero Gerda vio una rosa pintada en un sombrero, recordó su jardín y empezó a llorar. Sus lágrimas hicieron brotar una rosa del suelo.
—¡Tengo que encontrar a Kay! —exclamó.
Dejó el jardín y continuó por un camino que ya estaba cubierto de hojas secas.
Un cuervo la oyó preguntar por un niño desaparecido. Pensó que quizá Kay vivía en un palacio cercano, donde una princesa había elegido esposo. Gerda entró con ayuda del cuervo, pero el joven príncipe no era su amigo.
—Puedes descansar aquí y llevarte un abrigo para el viaje —le ofrecieron el príncipe y la princesa.
Gerda les dio las gracias y partió en un carruaje. En un bosque, unos ladrones la detuvieron. Una niña de la banda, orgullosa y mandona, decidió tenerla como compañera. Gerda le habló de Kay y de cuánto deseaba encontrarlo.
La niña escuchó con atención. En su refugio había un reno que conocía los países del norte. El animal había oído hablar del palacio de la Reina de las Nieves y sabía hacia dónde viajar.
—Ve con ella —le dijo la niña al reno, y los dejó salir—. No quiero que pierda a su amigo.
Gerda montó sobre el lomo del reno y juntos cruzaron grandes extensiones blancas. Una mujer de Laponia los orientó hacia otra que vivía en Finlandia. La segunda mujer conocía la historia de Kay.
—Tiene trozos del espejo en el ojo y en el corazón —explicó—. No puedo darte una fuerza mayor que la que ya tienes: quieres ayudarlo de verdad. Eso será lo importante cuando lo encuentres.
El reno llevó a Gerda hasta las cercanías del palacio. Allí el viento levantaba remolinos de nieve que parecían querer cerrarle el paso. Ella siguió adelante, protegiéndose el rostro y pensando en Kay.
Dentro del palacio todo era inmenso y silencioso. La Reina de las Nieves había salido. Kay estaba solo, sentado sobre un lago helado, ordenando figuras de hielo. La reina le había dicho que sería libre si conseguía formar una palabra especial: «eternidad». Sin embargo, por más que probaba, las piezas no encajaban.
—¡Kay! —llamó Gerda.
Él levantó la cabeza, pero no pareció reconocerla. Gerda se arrodilló a su lado, lo abrazó y lloró. Sus lágrimas cálidas llegaron hasta el corazón helado del niño y deshicieron el pedazo de espejo que guardaba allí.
Kay empezó a llorar también. Con sus lágrimas salió la otra astilla, la que le había cambiado la mirada. Entonces reconoció a Gerda.
—Pensé que nunca volvería a verte —dijo.
—Te he buscado durante mucho tiempo. Podemos regresar juntos.
Los pequeños trozos de hielo se movieron a su alrededor hasta formar la palabra que Kay no conseguía completar. Ya no había nada que lo retuviera.
Salieron del palacio y encontraron al reno esperando cerca del camino. Durante el regreso volvieron a encontrarse con algunas personas que habían ayudado a Gerda. El viaje fue largo, pero el frío quedó atrás poco a poco.
Cuando por fin llegaron a su ciudad, encontraron las ventanas conocidas y los rosales de siempre. Había pasado tanto tiempo que ambos habían crecido. Se sentaron cerca de las flores, tomados de la mano, y escucharon de nuevo la voz de la abuela.
Kay y Gerda ya no eran tan pequeños como al principio, pero conservaban el cariño que los había unido. El verano regresó a su jardín, y ninguno de los dos volvió a mirar las rosas del mismo modo.
Resumen en tres frases
Un espejo encantado cambia la manera de ver y sentir de Kay, que es llevado al palacio de la Reina de las Nieves. Gerda atraviesa jardines, palacios y tierras nevadas para buscarlo, con ayuda de personas y animales. Sus lágrimas rompen el encanto y los dos regresan juntos a casa.
Preguntas y respuestas
- Pregunta: ¿Qué cambió el comportamiento de Kay? Respuesta: Dos fragmentos del espejo encantado, uno en el ojo y otro en el corazón.
- Pregunta: ¿Quién llevó a Gerda hacia las tierras del norte? Respuesta: Un reno al que la niña de los ladrones dejó marchar con ella.
- Pregunta: ¿Cómo recuperó Kay su forma de sentir y mirar? Respuesta: El llanto de Gerda deshizo el hielo de su corazón, y las lágrimas de Kay sacaron el fragmento de su ojo.
Actividad de cinco minutos
Actividad opcional (5 minutos): copia estas cinco pistas, que están desordenadas: cuervo, palacio de hielo, espejo roto, reno, jardín de la anciana. Numéralas del 1 al 5 según el orden en que aparecen en la aventura; después explica en una frase para qué sirvió el reno. Solución: espejo roto, jardín de la anciana, cuervo, reno, palacio de hielo. El reno ayudó a Gerda a llegar a las tierras del norte.
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