Historias de Amor

Cuentos para dormir a mi novia: cinco historias de amor

Aquí tienes cinco historias de amor para compartir al final del día. Puedes elegir una según el momento: un recuerdo de viaje, una pequeña confusión, un regreso a casa, una espera o una lectura compartida.

Cuentos para dormir a mi novia: cinco historias de amor

1. El mapa de la lluvia

La lluvia llevaba toda la tarde golpeando las ventanas. Mateo preparó dos tazas de té y encontró a Clara sentada en el suelo del salón con una libreta azul entre las manos.

—Mira lo que encontré —dijo ella.

Era el cuaderno de su primer viaje juntos. Tres años antes habían tomado un autobús hacia la costa sin conocer bien la zona. En una de las páginas seguía pegado el billete. En otra había un dibujo torcido de un faro.

—Ese faro nunca estuvo donde tú decías —recordó Clara.

—Estaba cerca.

—A ocho kilómetros.

Mateo dejó las tazas en la mesa y se sentó a su lado.

Aquel día del viaje se habían equivocado de camino. Cuando empezó a llover, buscaron refugio en el porche de un pequeño café junto a la carretera. El dueño les prestó dos sillas y esperaron allí casi una hora, viendo caer el agua sobre los árboles. Después les explicó cómo llegar al pueblo.

Clara encontró una hoja donde había escrito: Nos perdimos, pero el café tenía el mejor pan con queso del mundo.

—Si hubiéramos tomado el camino correcto, no habríamos parado en aquel porche —dijo ella.

—Ni habríamos probado ese pan.

—Ni tú habrías dibujado el peor faro de la historia.

Mateo fingió sentirse ofendido.

—Era un dibujo rápido.

Clara acercó una de las tazas y pasó otra página. Afuera seguía lloviendo, igual que aquella tarde.

—¿Sabes qué me gusta? —dijo—. Que ahora sí sabemos dónde estábamos.

—¿Dónde?

—Juntos y completamente perdidos.

Mateo se rio.

No necesitaban volver a aquel lugar. Les bastaba con la libreta, el sonido de la lluvia y una historia que, con los años, había dejado de ser un error de camino para convertirse en uno de sus recuerdos favoritos.

2. Las llaves en el refrigerador

Sofía llegó a casa después de un día largo. Dejó el bolso en una silla, guardó la compra y fue a cambiarse de ropa mientras Julián terminaba de ordenar la cocina.

Diez minutos después, él abrió el refrigerador para sacar leche y encontró algo extraño junto a una botella de agua.

Las llaves de casa.

Julián las levantó por el llavero verde en forma de tortuga.

—Sofía.

—¿Qué?

—He encontrado una especie nueva de alimento.

Ella apareció en la puerta con una camiseta vieja y el cabello todavía recogido.

—¿Qué dices?

Julián mostró las llaves.

Sofía las miró durante dos segundos y empezó a reír.

—No puede ser.

—La tortuga tenía frío.

—Las metí ahí cuando guardé el yogur.

Julián tomó un papel pequeño de la pizarra de la cocina y dibujó una tortuga con bufanda. Debajo escribió: Las llaves viven en la mesa de la entrada.

Fue hasta la puerta y dejó el manojo en el cuenco de cerámica donde solían ponerlo.

—Así mañana no tendrás que buscarlas.

Sofía pegó el dibujo junto al interruptor.

—No te rías tanto. La semana pasada tú buscaste el teléfono durante cinco minutos.

—Eso le puede pasar a cualquiera.

—Lo tenías en la mano.

Julián guardó silencio.

—Retiro mis comentarios sobre las llaves.

Prepararon dos vasos de leche y se sentaron un rato en la cocina. Sofía le contó que al día siguiente debía entregar varios documentos y que había pasado la tarde pensando en lo que aún le faltaba.

Antes de irse a descansar, comprobó la mesa de la entrada.

Las llaves seguían allí.

—Mañana salen de casa conmigo —dijo.

—Eso espero. El refrigerador ya está lleno.

Sofía apagó la luz riéndose. La tortuga de papel quedó pegada junto a la puerta, esperando la siguiente distracción de cualquiera de los dos.

3. El tren de las ocho y diez

David llegó a la estación unos minutos antes de las ocho. Laura le había escrito para decirle que llegaría en el tren de las ocho y diez, así que esperó junto a una columna del andén.

También él había tenido un día pesado. Había pasado horas resolviendo problemas en el trabajo y solo quería volver a casa.

El tren llegó con dos minutos de retraso. Cuando las puertas se abrieron, Laura apareció con su abrigo mostaza y una mochila al hombro.

Al verlo, sonrió.

—Pensé que hoy llegarías tú más tarde.

—Yo pensé lo mismo de ti.

David tomó su mano.

—¿Día pesado?

—Mucho. ¿El tuyo?

—También.

Salieron de la estación y caminaron por la avenida. Habían pensado comprar algo en una pequeña panadería de camino a casa, pero encontraron la persiana bajada.

Laura miró el cartel.

—Cerraron temprano.

—Nos queda la cena de emergencia.

—¿Huevos?

—Huevos.

Al llegar al apartamento, Laura dejó la mochila junto a la puerta mientras David buscaba una sartén. Encontraron dos tomates, un poco de queso y cuatro huevos.

—Esto ya parece una cena de verdad —dijo ella.

—No exageremos.

Cocinaron juntos sin prisa. David cortó los tomates y Laura puso la mesa. Durante unos minutos no hablaron del trabajo.

Cuando se sentaron, Laura levantó el vaso.

—Por el tren de las ocho y diez.

—¿Qué tiene de especial?

—Que me trajo hasta aquí.

David chocó su vaso con el de ella.

La cena era sencilla y al día siguiente ambos volverían a levantarse temprano. Pero esa noche el cansancio ya no parecía ocupar toda la habitación.

Después recogieron los platos entre los dos. Antes de apagar la cocina, Laura miró la hora.

—Mañana intentaré tomar el de las siete y cuarenta.

—No prometas cosas imposibles.

Ella se rio y cerró la puerta.

4. La planta que aprendió a esperar

Cuando Andrés y Elena se mudaron a su nuevo apartamento, recibieron un helecho pequeño en una maceta de barro. Lo colocaron cerca de la ventana del salón.

Durante las primeras semanas tuvieron cajas por todas partes. Entre el trabajo, los muebles sin montar y las bolsas que aún no habían abierto, un día Elena descubrió varias hojas secas.

—Creo que lo hemos olvidado demasiado —dijo.

Andrés miró la planta.

—Entre los dos.

Quitaron las hojas que ya estaban secas y volvieron a colocar la maceta junto a la ventana. Desde entonces, cuando alguno se ocupaba de ella, dejaba una pequeña marca en el calendario de la cocina para que el otro lo supiera.

Pasaron los meses.

Un lunes, Andrés tuvo que viajar por trabajo durante cuatro días. Antes de salir señaló el helecho.

—Te dejo al mando.

—No sé si estoy preparada para tanta responsabilidad.

—Confío en ti.

Dos días después, Elena le envió una foto. Entre las hojas había aparecido un brote nuevo.

Mira quién decidió salir justo cuando te fuiste, escribió.

Andrés respondió: Dile que espere hasta el jueves.

Cuando regresó, dejó la maleta en el suelo y fue directamente a la ventana.

—Ha crecido.

—Un poco.

—No me esperó.

Elena acercó dos sillas a la ventana. Afuera empezaban a encenderse las luces de los otros edificios.

—Nosotros sí podemos esperarnos —dijo ella.

Andrés se sentó a su lado.

Hablaron un rato del viaje, de la semana y de las cosas que todavía querían cambiar en el apartamento. El helecho quedó entre ambos, con una hoja nueva que apenas empezaba a abrirse.

Antes de levantarse, Andrés miró el calendario de la cocina.

—Mañana me toca a mí.

—No se te olvide.

—Ahora tengo cuatro días de deuda.

Elena sonrió.

La casa todavía no estaba terminada, pero cada vez se parecía más a un lugar hecho por los dos.

5. El libro compartido

En la mesa junto al sofá había una novela con dos marcapáginas. El azul era de Sara. El rojo, de Martín.

Habían empezado el libro la misma semana, pero Martín llevaba casi cien páginas de ventaja.

—Termínalo sin mí —le dijo Sara una noche—. Si sigues esperando, vas a olvidar el principio.

—Puedo esperar.

—Eso dices porque ya sabes qué pasa en el capítulo doce.

Martín cerró el libro.

—Y no pienso decirte nada.

Habían creado una regla sencilla: nada de pistas sobre las páginas que el otro aún no había leído. A veces desayunaban hablando de los mismos personajes, pero tenían que detener la conversación cuando uno se acercaba demasiado a un secreto.

Aquella noche Sara estaba cansada y apenas avanzó unas páginas.

—Hoy no puedo concentrarme —dijo.

—Entonces déjalo.

—Quiero saber qué ocurre con la carta.

Martín miró su propio marcapáginas, mucho más adelante.

—Puedo leerte un poco, si quieres.

Sara le entregó el libro y señaló dónde se había quedado.

Martín leyó en voz alta durante unos minutos. Cuando terminó una escena, Sara levantó una mano.

—Ahí. Para.

—Quedan dos páginas del capítulo.

—Precisamente. Mañana.

Martín puso el marcapáginas azul en su sitio.

—Tienes una fuerza de voluntad increíble.

—No. Tengo sueño.

Dejó el libro sobre la mesa y fueron a apagar las luces del salón.

A la mañana siguiente, Sara encontró a Martín preparando café.

—He pensado una cosa —dijo ella—. No hace falta que me esperes para terminarlo.

—¿Seguro?

—Sí. Pero no puedes contarme el final.

—Eso ya estaba prohibido.

—Ahora está prohibido oficialmente.

Martín aceptó el trato.

El libro siguió teniendo dos marcapáginas separados. A ninguno le molestó. Habían descubierto que compartir una historia no significaba avanzar al mismo ritmo, sino tener ganas de encontrarse después para hablar de ella.

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Acerca del autor

Shyvirelle

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