Leyendas de Terror Cortas

El Ankou: el mensajero de la muerte de Bretaña

El Ankou: el mensajero de la muerte de Bretaña

La lluvia fría del invierno golpeaba las puertas del taller de herrería cuando Fanch terminó de apagar el fuego del fogón. En el pueblo bretón de Ploumilliau todos dormían desde hacía rato. El herrero se disponía a cerrar con tranca de madera para irse a descansar cuando tres golpes secos y pesados sonaron contra el portón del taller.

Fanch abrió una rendija con cautela. Afuera, bajo la llovizna y la niebla que subía de los valles, vio a un caballo blanco, flaco y de patas temblorosas, que tiraba de una carreta rústica de dos ruedas cargada de heno viejo. Junto a la rueda derecha esperaba un hombre alto y enjuto, envuelto en una capa negra larga y con un sombrero de fieltro negro de ala ancha que le tapaba la mitad de la cara.

—Se me ha quebrado la clavija del eje en las piedras del camino —dijo el viajero con una voz hueca y lenta, como si hablara desde el fondo de un pozo—. Necesito que forjes un pasador de hierro firme para seguir mi viaje antes del amanecer.

El herrero dudó por lo avanzado de la noche, pero el forastero sacó una moneda vieja de plata y la colocó sobre la mesa de trabajo sin decir más. Fanch avivó las brasas del fogón con el fuelle de cuero, tomó un pedazo de hierro frío y comenzó a golpearlo con el martillo pesado sobre el yunque hasta darle la forma justa de la clavija. El repiqueteo del metal resonó en el taller solitario mientras las chispas rojas saltaban en la penumbra. El cliente permaneció de pie junto al umbral, inmóvil como una piedra, sin acercarse al calor del fuego ni quitarse el sombrero empapado por la llovizna.

Cuando terminó la pieza y la enfrió en la tina de agua con un silbido largo de vapor, Fanch salió al patio con una lámpara de aceite para ayudar al forastero a colocar el pasador en la rueda de madera. El frío que rodeaba al vehículo era tremendo, un aire helado que no venía del invierno sino del propio maderamen del carro. Al agacharse junto al eje, el herrero notó que las ruedas no tenían restos de barro fresco pegados a los rayos, a pesar de que los caminos del pueblo eran un lodazal continuo por las lluvias recientes. Parecía que la carreta avanzaba flotando a ras del suelo sin tocar la tierra.

Fanch ajustó la clavija de hierro y dio dos golpes secos con el martillo para asegurarla.

—Ya quedó firme la rueda —dijo el herrero, incorporándose y levantando la lámpara para despedir al cliente.

En ese instante, el forastero se acomodó la capa y Fanch vio con claridad lo que descansaba en el fondo del pescante: una guadaña vieja de filo largo, con el corte de hierro colocado hacia afuera, al revés de las herramientas de los segadores de trigo. Al levantar la mano para acomodarse el sombrero, la luz de la lámpara iluminó por primera vez el rostro del hombre.

Fanch dio un paso atrás contra la pared de piedra del taller.

No era un desconocido. El rostro pálido y huesudo, con la piel seca pegada a los pómulos, pertenecía a Alain, un vecino labrador que había fallecido en la última noche del año viejo en la aldea. El herrero recordó las palabras que los ancianos repetían desde hacía siglos en la Baja Bretaña: el último hombre que muere en la parroquia durante el año queda obligado a guiar la carreta del Ankou, recogiendo a los que deben partir hasta que otro difunto ocupe su lugar en el siguiente invierno.

La figura no hizo ningún movimiento amenazante. Clavó sus ojos apagados en el herrero y le habló con una calma solemne:

—Has cumplido con tu oficio sin hacer preguntas, Fanch. Vuelve a tu cama y descansa en paz, que esta noche mi viaje no termina en tu puerta.

El hombre subió al pescante, tomó las riendas gastadas y dio una orden suave al caballo pálido. La carreta se puso en marcha con un chirrido agudo y seco de madera contra madera, perdiéndose entre la niebla del camino real antes de que el herrero pudiera pronunciar una sola palabra.

Fanch cerró el portón con dos trancas de roble, se sentó junto al fogón y pasó el resto de la noche despierto, sabiendo que en los caminos oscuros de Bretaña el servidor de la muerte recorre las parroquias sin descanso cumpliendo su deber.


Adaptación: Shyvirelle

Inspirado en las tradiciones bretonas del Ankou recogidas por Anatole Le Braz en La Légende de la mort en Basse-Bretagne (1893).

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