
El viento de la noche bajaba con fuerza por la ladera del cerro. Desde la entrada del terreno se veían las luces amarillas de Monterrey, pero adentro de la construcción solo había sombra y frío. La casa no tenía paredes rectas ni cuartos ordinarios: era una serie de torres cilíndricas de concreto, unidas entre sí por rampas anchas en espiral que subían hacia lo oscuro.
Julián llevaba apenas dos días trabajando como vigilante en el lugar. Se acomodó la chamarra gruesa y miró hacia los pisos altos.
—Don Héctor, ¿por qué nunca sube a revisar el último nivel? —preguntó.
Héctor, un hombre mayor de bigote canoso, servía café de un termo en la pequeña caseta de madera junto al portón.
—Porque allá arriba no hay nada que cuidar, muchacho —respondió Héctor sin levantar la vista—. Solo escombros, polvo y corrientes de aire. Deja la linterna aquí y tómate tu café.
—Es que hace rato creí oír algo —insistió Julián—. Como si arrastraran un fierro por el piso.
Héctor apretó la tapa del termo y lo miró con seriedad.
—En esta casa el viento engaña al oído. Rebota en los tubos de cemento y parece cualquier cosa. Hazme caso: quédate abajo.
Julián asintió a medias. Sin embargo, pasada la una de la madrugada, cuando Héctor cabeceaba en su silla, el ruido volvió a sonar. Esta vez no parecía el viento. Era un golpe metálico regular, como el giro constante de unas ruedas pequeñas avanzando sobre el cemento pelado: clic, clic, clic.
Julián encendió su linterna de mano y cruzó el patio de grava hacia la entrada del cilindro principal.
El aire adentro olía a polvo y cemento frío. La luz de la lámpara cortaba la oscuridad y rebotaba en las paredes curvas. Julián puso un pie en la primera rampa. La subida era suave, sin escalones, pensada para caminar dando vueltas continuas. Al avanzar, sus botas crujieron contra la arena suelta.
El ruido de ruedas se detuvo.
—¿Hay alguien ahí? —gritó Julián. Su voz regresó en un eco hueco, repetido por las curvas de concreto—. Tienen que salir.
Nadie contestó. Julián avanzó despacio por la rampa y llegó al segundo nivel. Los huecos de las ventanas estaban vacíos, abiertos al aire de la montaña. Afuera los árboles se mecían con fuerza, pero adentro el aire se sentía quieto y pesado.
Entonces el sonido volvió a empezar justo sobre su cabeza, en la rampa que llevaba al piso más alto.
Trac, trac, trac.
Eran ruedas pequeñas que rodaban con prisa, como si alguien empujara un carrito infantil cuesta abajo.
Julián subió la última curva con la lámpara al frente. Al llegar al descanso superior, la luz iluminó un pasillo circular que terminaba en un hueco donde faltaba el resto de la rampa. Abajo había una caída de tres pisos, sin ninguna baranda.
En medio del pasillo, sobre el polvo gris que cubría el suelo, se veían dos líneas delgadas y paralelas. Eran marcas frescas de dos llantas de goma que iban derecho hacia el borde del vacío.
Julián se detuvo a tres pasos del corte. La luz temblaba en su mano.
A pocos centímetros de su oreja, desde la curva oscura del muro de cemento, se escuchó un suspiro corto y una voz menuda:
—Mira qué rápido bajo.
Julián bajó la luz hacia el hueco de la caída. En el fondo del patio, sobre las piedras, la linterna alumbró algo pequeño que rebotó con un chasquido seco contra el suelo: una pequeña rueda metálica de juguete que giró dos veces antes de quedar inmóvil en la grava.
El muchacho no gritó. Bajó las rampas corriendo a tropezones, apoyándose en los muros fríos hasta salir al aire libre. Llegó a la caseta sin poder recuperar el aliento y le mostró a Héctor la linterna y las manos llenas de polvo blanco.
Héctor lo miró, vio el temblor de sus dedos y no hizo preguntas. Guardó el termo en su bolsa, sacó el candado grande del portón y le puso doble vuelta a la cadena.
—Vámonos a la parada del camión, Julián —dijo Héctor en voz baja—. Aquí no nos quedamos ni un minuto más.
Caminaron calle abajo sin voltear hacia la casa, mientras el viento de la sierra seguía silbando entre los tubos vacíos.
Sobre la Casa de los Tubos
La leyenda de la Casa de los Tubos nació alrededor de una construcción de concreto ubicada en la colonia Contry La Escondida, en el municipio de Guadalupe (área metropolitana de Monterrey, Nuevo León).
Durante décadas, la obra permaneció inconclusa en obra negra, lo que alimentó rumores populares sobre accidentes y fantasmas en sus rampas. En los hechos documentados por la prensa local, como el reportaje de Noé González en Milenio Monterrey, el inmueble fue posteriormente remodelado como una residencia privada contemporánea.
Adaptación: Shyvirelle.
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