El zorro atrapa al conejo y cree haber ganado. Pero el conejo conoce un refugio al que su enemigo no puede entrar y se le ocurre una forma de llegar hasta allí.
La emboscada en el trigal
Una mañana soleada, el conejo Orejitas salió de su madriguera atraído por el rocío fresco de las hojas de trébol. Descuidado por la abundancia de comida, no advirtió que detrás de unos matorrales secos lo acechaba el zorro Pelirrojo, quien llevaba dos días sin probar bocado.
De un solo salto ágil, el zorro cayó sobre el conejo, atrapándolo firmemente por las orejas con su zarpa delantera:
—¡Al fin te tengo, señor saltarín! —exclamó el zorro—. Llevo semanas soñando con atraparte.
La trampa psicológica del zarzal
Orejitas sintió que el corazón le latía a mil por hora en el pecho, pero comprendió de inmediato que suplicar clemencia o patalear de nada serviría ante un carnívoro hambriento. Respiró hondo, puso cara de angustia fingida y dijo con voz suplicante:
—¡Oh, señor zorro, haz de mí lo que quieras! Llévame lejos, déjame encerrado o hazme caminar todo el día… pero, por favor, ¡no me vayas a tirar dentro de ese zarzal espinoso del barranco!
El zorro arqueó las cejas con desconfianza. Miró hacia el fondo del declive y vio un matorral gigantesco de zarzas repletas de espinas curvas y afiladas como agujas de coser.
—¿Conque le tienes pavor a las espinas, eh? —sonrió el zorro con malicia—. Como te has burlado de mí tantas veces en el bosque, no te daré una muerte rápida. ¡Sufrirás los pinchazos de las zarzas!
Sin dudarlo un segundo, el zorro balanceó al conejo por los aires y lo arrojó con fuerza justo en el centro del espeso zarzal espinoso.
El baile de la victoria
El zorro se preparó para escuchar los lamentos del conejo, pero lo que oyó fue una risa argentina y burlona. En el corazón del matorral, donde las espinas formaban una bóveda protectora impenetrable para los animales grandes, Orejitas se limpiaba los bigotes con calma sobre la tierra blanda.
—¡Muchas gracias por traerme a casa, compadre zorro! —gritó el conejo asomando su nariz rosada entre dos hojas de mora—. ¡Nací y me crié en este zarzal! ¡Aquí ningún zorro puede meter el hocico sin salir sangrando!
Dicho esto, el conejo dio una voltereta alegre y se deslizó por su túnel secreto, dejando al zorro gruñendo de frustración con una espina clavada en la punta de la pata.
Moraleja
En los momentos de mayor peligro, el miedo nubla el juicio pero la serenidad y la astucia son capaces de convertir la mayor amenaza en el mejor refugio.
Encuentra más lecturas en nuestra selección.


¡Sé el primero en comentar!