Tristán e Isolda: el filtro, la separación y las dos velas
Lectura original: https://relatoscortos.org/tristan-isolda-leyenda-bedier/
Adaptación breve y propia del argumento amoroso de Le roman de Tristan et Iseut, de Joseph Bédier. Su recreación reúne materiales de distintos poemas medievales; esta narración sigue esa versión y contiene su desenlace.
Una bebida destinada a otros
Tristán viajaba hacia Cornualles con Isolda la Rubia, hija del rey de Irlanda. Había vencido a un dragón y pedido la mano de la joven para su tío, el rey Marc. El matrimonio debía unir a dos cortes que habían sido enemigas.
La madre de Isolda había confiado a Brangien una bebida especial. Debía guardarla hasta la noche de bodas y ofrecérsela a los nuevos esposos: quien la compartiera quedaría unido por un amor que no terminaría con la vida.
Durante la travesía, una joven sirvienta encontró el recipiente. Creyó que contenía vino y se lo llevó a Isolda, que tenía sed. Isolda bebió y pasó la copa a Tristán. Cuando Brangien comprendió lo ocurrido, ya no pudo impedirlo. Arrojó al mar lo que quedaba.
Desde entonces, Tristán amó a la mujer que debía entregar a su tío, e Isolda al hombre que la llevaba a casarse con otro. El regreso no resolvió nada. Isolda se convirtió en esposa de Marc, mientras los amantes intentaban ocultar una unión que cada encuentro volvía más difícil de esconder.
El refugio del bosque
Las sospechas y las vigilancias acabaron por cercarlos. Marc, furioso, quiso darles muerte. Cuando conducían a Tristán al suplicio, él pidió entrar en una capilla. Escapó por una ventana abierta sobre el precipicio y sobrevivió a la caída.
Después consiguió rescatar a Isolda. Los dos buscaron refugio en el bosque de Morois, acompañados por Gorvenal, el fiel servidor de Tristán. Allí dejaron atrás los vestidos de la corte, las salas protegidas y las comidas seguras. El bosque les ofrecía escondite, pero no descanso.
Un día, un hombre descubrió su refugio y avisó al rey. Marc llegó con la espada desenvainada. Encontró a los amantes dormidos, separados por otra espada, y no los mató. Dejó señales de su visita y se marchó.
Al despertar, Tristán e Isolda comprendieron que habían estado a su merced. La compasión del rey y el cansancio de aquella vida abrieron la posibilidad de un acuerdo. Con ayuda del ermitaño Ogrin, Tristán le envió una carta.
Marc aceptó recibir de nuevo a Isolda, pero Tristán debía partir. Antes de separarse, ella le entregó un anillo: reconocería como enviado suyo a quien se lo mostrara. Isolda regresó junto al rey y Tristán quedó condenado a vivir lejos de ella.
La otra Isolda
El caballero llegó a Bretaña. Allí trabó amistad con Kaherdin y conoció a su hermana, Isolda de las Blancas Manos. El nombre despertó en él el recuerdo de la mujer ausente. Acabó aceptando casarse con la joven.
Pero la noche de bodas cayó de su mano el anillo de Isolda la Rubia. Al verlo, comprendió que aquel matrimonio no había borrado su amor. Sentía compasión por su esposa, a quien no podía corresponder como ella esperaba. Le ocultó el verdadero motivo de su distancia.
Hubo otros viajes y encuentros secretos con la reina. Ninguno les permitió establecer una vida juntos. Tristán volvió a Bretaña, donde, al ayudar a Kaherdin en un combate, recibió una herida de lanza envenenada.
Blanca si viene, negra si no
Los cuidados no consiguieron devolverle las fuerzas. Tristán pidió a Kaherdin que buscara a Isolda la Rubia. Le entregó el anillo y acordaron una señal: al regresar, el barco llevaría una vela blanca si ella venía a bordo y una negra si no lo acompañaba.
Isolda de las Blancas Manos escuchó la conversación. Así conoció la esperanza que su marido había puesto en otra mujer.
Kaherdin encontró a la reina, que partió con él. Una tormenta retrasó el regreso; después, la falta de viento los mantuvo frente a la costa. Cuando el barco pudo aproximarse, llevaba izada la vela blanca.
Tristán estaba demasiado débil para verla. Preguntó a su esposa de qué color era. Ella le dijo que era negra. El caballero creyó que Isolda no había venido y murió pronunciando su nombre.
La zarza que volvió a crecer
Isolda la Rubia llegó cuando ya sonaban las campanas por Tristán. Entró donde habían dejado su cuerpo, se tendió a su lado y lo abrazó. En el relato, la pena acabó también con su vida.
Marc llevó ambos cuerpos a Cornualles y ordenó enterrarlos junto a una capilla. De la tumba de Tristán nació una zarza que pasó sobre el edificio y hundió sus ramas en la de Isolda.
La cortaron, pero volvió a crecer. Lo intentaron tres veces y las tres reapareció. Cuando se lo contaron al rey, Marc prohibió que volvieran a cortarla.
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