La helada de aquella noche de luna llena en las alturas de Huamanga caía con tanta fuerza que las briznas de ichu amanecían quebradizas como agujas de vidrio. En el corral comunal levantado con pircas de piedra seca, los hermanos Teófilo y Saturnino vigilaban su tropa de alpacas y ovejas, envueltos en ponchos gruesos de lana de oveja con los chullos calados hasta las cejas.
Las alpacas, que solían dormir apretadas unas contra otras para combatir el frío de la puna, comenzaron a levantarse de golpe, resoplando con nerviosismo y retrocediendo hacia la pared del fondo.
Saturnino se puso de pie y sacó su linterna de carburo.
—Teófilo, mira hacia la quebrada de Huaychao —dijo el muchacho con voz temblorosa—. Algo viene bajando por el canchal.
Desde las peñas más altas, donde no crecía más que musgo amargo y líquenes negros, el eco del viento devolvió un sonido que heló la sangre de los hermanos.
No era el aullido del zorro andino ni el bramido de un puma hambriento. Era una risa seca, espantosa y entrecortada, parecida al chillido de una bestia que intentara imitar la voz humana mientras se atraganta con su propia bilis:
¡Jar… jar… jar… jaaaar!
El sonido rebotó en todas las laderas de la quebrada, acercándose a saltos rápidos sobre las piedras sueltas.
Teófilo sintió un escalofrío en la nuca y apretó con fuerza la huaraca de lana tejida que llevaba atada a la cintura.
—El Jarjacha —murmuró el hermano mayor, persignándose con la mano enguantada—. Apaga la lámpara, Saturnino, y alista las piedras de río.
En todos los pueblos de la sierra central se conocía el castigo del Jarjacha, también llamado Qurisiku por los abuelos quechua. Decían que era la maldición que caía sobre aquellos que cometían las faltas morales más graves contra su propia sangre o violaban las leyes de Dios y de la comunidad. En las noches de luna clara, el alma del culpable era arrancada de su lecho para convertirse en un monstruo abominable, mitad hombre y mitad llama deforme, que a veces lucía dos cabezas monstruosas sobre un cuello torcido. La criatura bajaba de las cumbres desiertas para aterrorizar a los pastores solitarios, paralizándolos con su chillido infernal para arrebatarles la vida en los corrales.
Un peñasco rodó por la ladera y se estrelló contra la pirca de piedra.
En la entrada del corral asomó la bestia. Tenía el lomo jorobado y las patas largas de un camélido monstruoso, cubierto de un vellón apelmazado y sucio de fango seco. Pero en lo alto del cuello no tenía la cabeza noble de una alpaca: asomaban dos cabezas deformes con rostros que conservaban facciones humanas desquiciadas, con bocas torcidas que babeaban espuma blanca y ojos amarillos que brillaban con un fuego infernal bajo la luz de la luna.
El monstruo clavó su mirada en Saturnino y soltó de nuevo su risa desgarradora: ¡Jar… jar… jar!
El hermano menor quedó inmóvil, con los brazos caídos y la vista nublada, dando dos pasos involuntarios hacia las fauces de la fiera como si una fuerza invisible le arrancara la voluntad.
Teófilo no dudó un segundo. Tomó del bolsillo de su poncho una piedra redonda de río que su abuelo había frotado con sal marina y agua bendecida, la colocó en la cuna de su huaraca de lana trenzada y comenzó a hacerla girar sobre su cabeza con un silbido potente.
—¡Atrás, alma maldita! —gritó Teófilo con toda la fuerza de su pecho, invocando el nombre de su pueblo y de sus antepasados.
Soltó uno de los cabos de la honda y la piedra salió disparada como un proyectil, impactando de lleno en el pecho de la bestia con un golpe seco.
El Jarjacha soltó un aullido de dolor y sorpresa. La sal y la fuerza del impacto rompieron el encanto que retenía a Saturnino, quien cayó de rodillas sacudiendo la cabeza como si despertara de una pesadilla.
La criatura, al verse rechazada y escuchar los gritos de otros pastores que se acercaban desde las cabañas vecinas blandiendo teas encendidas, no se atrevió a saltar la pirca. Dio media vuelta sobre sus cascos deformes y huyó a saltos desacompasados montaña arriba, perdiéndose entre las sombras heladas del nevado mientras su chillido se iba apagando en la noche de la puna.
Al amanecer, la comunidad subió al corral. En el canchal encontraron restos de vellón quemado y huellas de cascos mezcladas con dedos humanos, mientras los hermanos daban gracias al sol naciente por haber defendido su rebaño con el coraje y la fe de sus mayores.
Adaptación: Shyvirelle
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