Leyendas Japonesas de Terror

La leyenda del Kappa

La leyenda del Kappa

El sol ardiente del verano comenzaba a ocultarse tras las colinas de Fukuoka, llenando el aire caliente con el canto ensordecedor de miles de cigarras entre los arrozales. Por el sendero de tierra que bordeaba el canal de riego principal, Daiki, un muchacho campesino de diecisiete años, llevaba de la brida a su caballo de tiro para que bebiera agua fresca tras una dura jornada de arado.

Al llegar al recodo donde el canal formaba una poza honda y oscura bajo un puente de madera, el caballo se detuvo bruscamente, resoplando con los ojos desorbitados y clavando los cascos en el barro.

—Vamos, Kuro, solo es agua —le dijo Daiki, tirando de la cuerda de cáñamo.

Pero antes de que el caballo pudiera dar un paso más, desde las algas espesas del fondo asomaron dos brazos delgados y verdes.

Unas manos palmeadas con garras afiladas y membranas entre los dedos se aferraron con una fuerza descomunal a los menudillos de las patas delanteras del caballo, tirando de la bestia hacia el fondo cenagoso de la poza. El caballo soltó un relincho de pánico, resbalando sobre las piedras húmedas.

Daiki soltó la cuerda y vio emerger del agua a la criatura.

No era un pez ni un mono de río. Tenía el tamaño de un niño de diez años, con la piel escamosa y húmeda de color verde oliva, un caparazón nudoso de tortuga adherido a la espalda y una boca terminada en un pico córneo y afilado. Pero lo más asombroso estaba en lo alto de su cabeza: en el centro exacto de la coronilla, rodeada por un cerquillo de pelo negro y desgreñado, la criatura tenía una cavidad circular y cóncava, semejante a un plato hondo de cerámica (sara), que contenía agua limpia del río.

Daiki sintió que el corazón se le salía del pecho.

—¡Un Kappa! —exclamó el muchacho, recordando las historias que su abuelo le contaba en las noches de estío.

Los ancianos de las aldeas advertían que los Kappa eran los señores indiscutibles de los ríos y lagunas de Japón. Poseían una fuerza física formidable, capaz de arrastrar al agua a un caballo adulto para ahogarlo en el fango; pero toda esa fuerza dependía de un secreto vital: mientras el plato de su cabeza estuviera lleno de agua, el monstruo era invencible; si el plato se secaba o se derramaba, la criatura perdía de inmediato todo su vigor y quedaba paralizada en tierra firme.

Daiki sabía que forcejear con las manos era inútil; el monstruo lo partiría en dos.

Recordó entonces la debilidad más insólita de la fiera: los Kappa, a pesar de su crueldad salvaje, eran seres profundamente apegados a las normas tradicionales de la cortesía y la reverencia formal.

Daiki dio un paso atrás, juntó los pies con pulcritud, pegó los brazos a los costados y se inclinó hacia adelante en una reverencia ceremonial (ojigi) tan profunda y respetuosa que su frente casi rozó las piedras del sendero.

El Kappa, al ver la reverencia formal del humano, vaciló.

Su naturaleza instintiva de cortesía japonesa lo obligó a responder al saludo. Soltó las patas del caballo, se puso de pie torpemente sobre sus patas palmeadas y comenzó a inclinarse hacia adelante para devolver la reverencia con el mismo respeto protocolario.

Al bajar la cabeza, el agua cristalina que llenaba la cavidad de su coronilla comenzó a deslizarse hacia el borde del plato.

Chas.

El agua se derramó por completo sobre el barro de la orilla.

En ese mismo instante, la fuerza del Kappa se desvaneció como el humo. El monstruo cayó de rodillas sobre la hierba mojada, con los brazos flácidos y la piel marchitándose rápidamente, incapaz de mover un solo dedo.

—Por favor… joven campesino —suplicó el Kappa con una voz débil y chillona, juntando sus garras con arrepentimiento—. Si viertes un poco de agua limpia en mi cabeza, te prometo no volver a atacar a nadie en este canal y enseñarte el secreto de los mejores abonos para tus arrozales.

Daiki tomó su cuenco de madera, recogió agua clara del arroyo y la vertió con cuidado en la cavidad seca del monstruo, dejándole además dos pepinos frescos de su almuerzo, el manjar predilecto de los seres del río.

Al recuperar el agua vital, el Kappa dio un salto ágil, hizo una última reverencia agradecida y se zambulló en la poza sin levantar espuma.

Desde aquel verano, las cosechas de arroz de Daiki fueron las más abundantes de toda la comarca, y ningún niño ni animal de la aldea volvió a temer el paso por el canal de Fukuoka, recordando que en las tierras de Japón la cortesía sincera puede vencer a la mayor de las fieras del agua.


Adaptación: Shyvirelle

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