Tres futuros distintos pueden esconder problemas muy humanos. En estas historias hay recuerdos que una máquina no debe completar, una colonia en peligro y una ciudad que descubre el límite de la automatización.

1. Los espacios en blanco
Leo trabajaba en el Archivo de Memorias de Ciudad Norte. Allí llegaban los registros personales de quienes habían decidido conservar parte de su vida en un sistema llamado Lumen.
La regla de Lumen era sencilla: solo guardaba los momentos que cada persona marcaba de forma voluntaria. Una cena, una conversación o un paseo podían quedar registrados. Lo que no se marcaba permanecía fuera del archivo.
Después de la muerte de una persona, su familia podía consultar los recuerdos que ella hubiera autorizado. No podía pedir los demás porque, sencillamente, no existían en el sistema.
Una mañana llegó el archivo de Teresa Varo, una arquitecta de setenta y cuatro años. Su hija Nora esperaba encontrar los últimos meses de su madre.
Pero había huecos.
—Faltan semanas enteras —dijo Nora frente al escritorio de Leo—. Mi madre registraba casi todo.
Leo revisó el archivo.
—El sistema funcionaba bien. Esos días no fueron guardados.
—¿No pueden reconstruirlos?
La empresa acababa de presentar una función capaz de hacerlo. El programa comparaba recuerdos anteriores, mensajes y rutinas, y fabricaba escenas probables para llenar los espacios.
Pero tenía una condición importante: aquello sería una recreación, no un recuerdo verdadero.
—Quiero probarlo —dijo Nora.
Leo inició una reconstrucción de muestra.
En la pantalla apareció Teresa sentada en su cocina. Bebía café, miraba una planta junto a la ventana y decía una frase que parecía perfectamente natural.
—No me gusta —murmuró Nora.
—¿Por qué?
—Mi madre odiaba esa taza.
Leo miró la imagen. La taza había sido elegida por el programa porque aparecía muchas veces en fotografías antiguas.
Abrió entonces el último recuerdo real de Teresa. La mujer estaba sentada ante la misma ventana, pero tenía otra taza entre las manos.
—Nora —decía en la grabación—, si algún día ves espacios vacíos aquí, déjalos vacíos. No todo lo que viví tenía que convertirse en un archivo.
La imagen terminó.
Nora permaneció en silencio.
—¿Ella sabía que podían reconstruirlos?
—La función estaba anunciada desde hacía meses.
Leo señaló en la pantalla una opción que Teresa había activado: No completar ausencias con contenido generado.
Nora respiró despacio.
—Entonces borra la prueba.
Leo eliminó la escena artificial. Volvieron a aparecer las fechas vacías.
Antes de marcharse, Nora pidió copiar los recuerdos auténticos de su madre. Se llevó las conversaciones, los paseos y las comidas que Teresa había querido guardar.
También se llevó los huecos.
Por primera vez entendió que un archivo incompleto no siempre estaba roto. A veces alguien había decidido que una parte de su vida siguiera siendo solamente suya.
2. La granja bajo la sombra
En la colonia de Nadir vivían ochocientas personas bajo una cúpula. Casi toda su comida crecía en tres granjas cerradas. Alma cuidaba la número dos.
Cada granja tenía lámparas para los cultivos y un sistema de calefacción. Las baterías podían mantener ambas cosas durante dos días si fallaba la red exterior.
A las seis de la mañana, una tormenta de polvo cortó la red. Alma miró el indicador de reserva: solo quedaba un dieciocho por ciento.
—Anoche falló el sensor de un depósito —explicó Joel, el técnico—. El calentador funcionó hasta gastar casi toda la carga.
Las otras granjas podían ofrecerles una pequeña parte de sus reservas, pero no bastaba. Si seguían usando las lámparas, al caer la noche no podrían mantener la temperatura.
Alma abrió los registros de cada cultivo. Una jornada sin luz retrasaría su crecimiento, pero el frío podía destruirlos. Las plantas más jóvenes eran las más delicadas.
—Apagamos las lámparas —decidió—. Guardaremos la energía para el calor.
Joel miró las largas filas de bandejas.
—No podremos calentar todo el edificio hasta mañana.
Alma señaló una pequeña sala que usaban para preparar semillas. Estaba separada del resto por puertas aislantes.
—Entonces no calentaremos todo.
Pidieron ayuda. Durante horas, los vecinos llevaron las bandejas más pequeñas a aquella sala. Las plantas grandes quedaron reunidas en el sector central, protegido por las cortinas que normalmente separaban los cultivos.
Alma tuvo que dejar vacía la zona de flores que preparaban para la fiesta de la colonia.
—¿También vamos a trasladarlas? —preguntó una voluntaria.
Alma miró el indicador. Quedaba un doce por ciento.
—Primero lo que necesitamos para comer.
A media tarde, una puerta de la sala de semillas dejó de cerrar. Una bandeja había torcido el carril. Joel y dos vecinos levantaron la hoja mientras Alma sacaba la rueda atascada. Cuando lograron cerrarla, tenían las manos doloridas y la ropa cubierta de tierra.
A las nueve de la noche, la red regresó. La reserva marcaba un tres por ciento.
No lo habían salvado todo. Las flores se habían helado y varias plantas necesitaron días para recuperarse. Los cultivos de alimento, sin embargo, seguían vivos.
Una semana después, la fiesta se celebró con adornos de papel.
—Este año no hay flores —dijo Joel, acercando dos platos.
Alma miró la comida y luego a los vecinos que habían cargado las bandejas.
—Este año tenemos otras cosas que celebrar.
3. La ciudad que esperaba una respuesta
En el año 2189, Puerto Claro funcionaba casi sin órdenes humanas.
Un sistema llamado Cora regulaba los autobuses, la iluminación de las calles, el reparto de agua y miles de pequeños servicios. No gobernaba la ciudad. Solo ejecutaba decisiones dentro de límites aprobados por el consejo.
Vera era una de las personas encargadas de revisar esos límites.
Una mañana, al salir de casa, encontró todos los autobuses detenidos.
Las pantallas de las paradas mostraban el mismo mensaje:
Decisión pendiente.
En la oficina municipal ocurría algo parecido. Las fuentes estaban apagadas. Los vehículos de limpieza no habían salido y el sistema de riego de los parques esperaba una orden.
—¿Cora está averiada? —preguntó Vera.
—No —respondió su compañero Malik—. Está obedeciendo demasiado bien.
La noche anterior había entrado en vigor una nueva norma. Después de varias protestas por decisiones automáticas difíciles de explicar, el consejo había ordenado que cualquier cambio que afectara al reparto de recursos necesitara aprobación humana.
El problema era la palabra cualquier.
A las seis de la mañana había bajado la presión de un depósito de agua. Cora intentó enviar más agua desde otro sector, pero aquello modificaba el reparto y necesitaba autorización.
Como no recibió respuesta, detuvo el riego.
Eso alteró el consumo eléctrico previsto.
La modificación eléctrica cambió la carga disponible para los autobuses.
Y cada nueva corrección exigía otra autorización.
En pocas horas, miles de decisiones pequeñas estaban esperando la respuesta de alguien.
—Podemos darle permiso general otra vez —dijo Malik.
—Y volveremos al problema anterior.
Vera abrió la lista de decisiones pendientes. Eran más de cuarenta mil.
No podían aprobarlas una por una.
Entonces separó las decisiones en dos grupos.
El primero contenía ajustes pequeños dentro de márgenes ya aprobados: enviar un autobús adicional, reducir un poco el riego o mover agua entre depósitos sin cambiar la cantidad reservada para cada barrio.
El segundo incluía decisiones que sí cambiaban prioridades: cortar un servicio, reducir una reserva o favorecer una zona sobre otra.
—Cora puede resolver el primer grupo —dijo Vera—. El segundo debe preguntarnos.
Malik revisó la propuesta.
—Eso significa que tendremos que definir los límites con mucha claridad.
—Exacto.
Enviaron la nueva regla.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después, una fila de autobuses empezó a moverse.
Las fuentes siguieron apagadas porque no eran necesarias. El agua se dirigió primero a los depósitos con menor nivel. Los vehículos de limpieza salieron con retraso.
En la pantalla de Vera quedaron solo diecisiete decisiones.
Esas sí requerían una persona.
Al mediodía, Puerto Claro volvía a funcionar.
El consejo no celebró que la ciudad hubiera aprendido a decidir sola. Había aprendido algo distinto: una buena máquina también necesitaba saber cuándo podía actuar y cuándo tenía que detenerse a preguntar.
Lee más cuentos fantásticos.


¡Sé el primero en comentar!