Sor Juana Inés de la Cruz: tres poemas completos y comentados
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Sor Juana Inés de la Cruz: tres poemas completos y comentados
Un retrato, una rosa y una imagen amorosa permiten entrar en tres sonetos de Sor Juana Inés de la Cruz. En ellos, algo que parece firme cambia cuando se mira de cerca. Los dos primeros textos completos siguen Sonetos, números II y III; el tercero sigue Obras escogidas, soneto VII. Ambas ediciones están en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Se regulariza la puntuación; los comentarios son propios.
1. A su retrato
Este que ves engaño colorido,
que del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores,
es cauteloso engaño del sentido;
este, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado,
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
Para leerlo de cerca. El primer verso parece señalar un cuadro situado delante del lector. A partir de ahí, el retrato recibe definiciones cada vez menos favorables. Su belleza no desaparece, pero queda sometida a una pregunta: ¿puede una imagen detener el tiempo del cuerpo que representa?
Los «silogismos de colores» presentan la pintura como un argumento engañoso. En la segunda parte, la repetición de «es» acumula juicios y acelera la llegada al cierre. El último verso reduce lo que parecía duradero hasta «nada». El efecto depende de ese recorrido: la conclusión resulta más intensa porque antes hemos visto la promesa de conservación.
2. En que da moral censura a una rosa y en ella a sus semejantes
Rosa divina que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada en la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego, desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida
viviendo engañas y muriendo enseñas.
Para leerlo de cerca. La voz se dirige directamente a la rosa. Al principio reconoce su belleza mediante el color, el olor y las palabras relacionadas con la enseñanza. Después reúne nacimiento y muerte en una misma imagen: «la cuna alegre y triste sepultura». La flor no necesita dejar de ser hermosa para contener ya su fragilidad.
El final enfrenta «docta» con «necia» y «viviendo» con «muriendo». La rosa parece enseñar más al marchitarse que al exhibir su esplendor. Puede leerse como una advertencia contra la vanidad, apoyada en el subtítulo de la edición, sin convertir cada pétalo en una alegoría con un significado secreto obligatorio.
3. Detente, sombra de mi bien esquivo
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
Para leerlo de cerca. «Detente» es una orden dirigida a algo que se escapa. Los primeros versos encadenan nombres de lo inasible: sombra, imagen, ilusión, ficción. La contradicción entre morir alegre y vivir con pena muestra la tensión de esa experiencia amorosa, no una descripción clínica de quien escribe.
El imán y el acero hacen visible la atracción. Después cambia la fuerza de la voz: la figura puede huir de los brazos, pero permanece en la fantasía. La prisión final pertenece a ese espacio imaginario. Leerla como una autorización para controlar a otra persona confundiría la metáfora del soneto con una norma para las relaciones.
Una relación entre los tres
El retrato quiere conservar una apariencia; la rosa exhibe una belleza que se acaba; la fantasía intenta retener una presencia que huye. En cada caso hay una tensión distinta entre lo que se ofrece a la mirada y lo que puede permanecer. Volver a los primeros versos después de leer los finales permite reconocer cómo cambia nuestra impresión inicial.
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