El perro que era demasiado ambicioso

¿De qué trata?: Un perro ambicioso encuentra un hueso jugoso, pero por tretas del destino y su propio egoísmo, termina aprendiendo una valiosa lección.

Personajes: Perro

Había una vez un perro que era demasiado egoísta como para compartir con los demás. Todo el tiempo estaba en guardia, para que los demás animales no se acercaran a su casa, pues pensaba que solo le querían robar. Y al mismo tiempo, se amargaba cada vez que alguno conseguía algo bueno.

Miraba con recelo a los pajarillos que se bañaban en su nueva pila de agua puesta en el jardín. “Ojalá yo también tuviera una para mí”, pensaba él, rencoroso.

Observaba de mala manera al pequeño gato de la casa vecina, que jugaba con su bola de estambre. “Yo podría tener una pelota mejor que esa porquería”, pensaba el can con rabia.

Hasta cuando el zorro se acercaba un poco al vecindario, logrando rapiñar un poco de queso para su familia, se molestaba. “¡Y a mí solo me dan las sobras de la mesa!”

Y así, el perro no era nada feliz con lo que tenía y todo el tiempo se estaba fijando en lo de los demás con envidia.

Un día, mientras escarbaba en el jardín, encontró un jugoso y enorme hueso enterrado bajo los rosales. Sus ojos relucieron de avaricia al ver aquel tesoro.

—¡Caramba! Ahora sí que he tenido suerte —dijo antes de tomar el hueso en su boca.

Como no quería compartirlo con nadie, salió de su casa rumbo a un arroyo cercano por el cual nunca pasaban los demás animales. Sería el perfecto lugar para comerse aquel hueso de tan buen tamaño.

—Esos ladrones no podrán robarme aquí —se dijo, sentándose al lado del río que corría apacible.

Pero ocurrió que entonces, su mirada se fijó en el otro perro que lo observaba desde las aguas. No sabía él que estaba contemplando su propio reflejo, distorsionado por el movimiento del agua y que hacía que tanto su figura como la del hueso parecieran mucho más grandes.

Sus ojos se abrieron de la impresión al ver aquel hueso tan descomunal. ¡Ese otro perro había encontrado un hueso mucho mejor que el suyo! El solo pensamiento le hizo temblar de rabia.

“¿Ah sí? Pues ahora verás como te lo quito, yo me lo merezco más que tú”, pensó, abriendo la boca para arrebatárselo.

Al hacer esto, el hueso de verdad cayó en el río y fue arrastrado por la corriente muy lejos de él. Cuando el animal se dio cuenta de que lo había pasado, se sintió como un tonto. Había perdido un delicioso manjar y todo por culpa de su avaricia.

—Qué mal me he comportado —se decía con pesar al volver a casa—, eso me pasa por ser tan envidioso.

Desde ese entonces, en lugar de ser tan desagradable con los demás, el perro decidió alegrarse por lo que tenían. Y pronto se dio cuenta de que si lo hacía, ellos con mucho gusto querrían compartir esas cosas con él.

El perro ambicioso ahora tenía amigos y cada vez que encontraba algún hueso, también lo compartía con ellos.

Fue muy feliz el resto de su vida.

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Moraleja/Conclusión: Valora lo que tienes y no envidies lo de los demás, pues quien no es agradecido con lo propio, tarde o temprano termina perdiéndolo todo.

Autor: Erika GC

Apasionada por contar historias, me gustan los buenos libros y pasarme tardes enteras en Netflix. El cine y la literatura son la mejor combinación para mí.