La sirenita: adaptación del cuento original de Hans Christian Andersen
Lectura original: https://relatoscortos.org/la-sirenita-cuento-andersen-adaptacion/
En lo profundo del mar había un palacio de coral donde vivían seis hermanas sirenas con su padre, el rey del océano, y su abuela. La menor era la más curiosa. Mientras sus hermanas adornaban jardines y jugaban entre los peces, ella escuchaba las historias de los barcos, las ciudades y las personas que caminaban bajo el sol.
Su pequeño jardín tenía flores rojas y una estatua de piedra encontrada entre restos de un naufragio. A menudo se quedaba junto a ella mirando hacia arriba, al lugar donde el agua comenzaba a recibir la luz.
La abuela le había explicado que ninguna de las hermanas podía subir a la superficie hasta cumplir quince años. Las mayores ya habían hecho el viaje y regresaban con noticias: luces en las ventanas, pájaros sobre las olas, niños jugando en las playas. Para ellas aquellas maravillas se habían vuelto familiares. Para la pequeña seguían siendo un mundo que aún no conocía.
La noche del naufragio
Al fin llegó su cumpleaños número quince. La joven sirena nadó hacia la superficie y encontró un cielo de atardecer. No lejos de allí avanzaba un barco iluminado. En la cubierta se celebraba una fiesta, y entre los invitados vio a un príncipe joven que reía con sus amigos.
La sirena se mantuvo a cierta distancia. Nunca había oído música humana tan cerca. Quiso observar un poco más y se quedó hasta que las luces empezaron a apagarse.
Entonces cambió el viento. El mar levantó olas oscuras y el barco comenzó a inclinarse. Hubo gritos. Una parte del mástil se quebró; después, la embarcación se abrió entre las olas.
La sirena vio caer al príncipe al agua. Nadó hasta alcanzarlo, sostuvo su cabeza fuera de las olas y lo arrastró durante horas mientras la tormenta se alejaba. Cuando por fin llegó a una costa tranquila, lo dejó sobre la arena, cerca de un edificio blanco rodeado de jardines.
—Despierta —le pidió en voz baja—. El mar ya te ha dejado ir.
Escuchó pasos y se ocultó tras unas rocas. Una joven que salía del edificio vio al príncipe y llamó a otras personas. Entre todas lo ayudaron a recobrar el sentido. Él abrió los ojos y miró agradecido a la muchacha que tenía delante.
No había visto a la sirena que lo llevó hasta allí.
La joven del mar regresó a casa con una alegría y una tristeza que no sabía separar. Había conseguido salvarlo, pero él no conocía su existencia. Durante días volvió a mirar desde lejos las ventanas del palacio donde vivía.
Lo que contaba la abuela
Una noche la sirena preguntó a su abuela qué sucedía cuando morían los humanos. La anciana le explicó que los seres del mar podían vivir trescientos años, pero que al morir se convertían en espuma; los humanos, aunque vivían menos, poseían un alma inmortal.
—¿Y nosotras nunca podremos tener una? —preguntó la joven.
La abuela añadió que una sirena solo podría compartir ese destino si un humano la amaba profundamente y se casaba con ella.
La respuesta hizo que la muchacha pensara más que nunca en la tierra. Ya no deseaba únicamente ver jardines, árboles y caminos. Quería vivir entre las personas, conocer al príncipe y alcanzar aquello que su abuela llamaba un alma inmortal.
Pero no sabía cómo caminar por la orilla sin perder su cola. Sus hermanas no podían responderle. Finalmente decidió visitar a la hechicera del mar, a quien todos temían.
El camino hasta su casa pasaba por aguas turbias y corrientes difíciles. La sirena avanzó sin detenerse, aunque al llegar deseó haber tenido más tiempo para pensar.
La hechicera la escuchó.
—Puedo darte piernas —dijo—, pero nada de esto saldrá gratis.
Le explicó que debía beber una poción al llegar a tierra. A partir de entonces cada paso le causaría dolor, y no podría recuperar su vida anterior bajo el mar. Si el príncipe se casaba con otra persona, al amanecer siguiente ella se convertiría en espuma.
—Y me quedaré con tu voz —añadió la hechicera—. Es lo más valioso que tienes para ofrecerme.
La sirena recordó cuánto le gustaba cantar en su jardín. También imaginó las calles que nunca había recorrido y al príncipe a quien aún quería conocer. Era un trato terrible, pero aceptó. La hechicera le entregó la poción y se quedó con su voz.
La joven volvió una última vez la mirada hacia el reino submarino y nadó hasta la costa.
La muchacha que no podía contar su historia
De madrugada bebió la poción. Perdió el conocimiento y despertó sobre la arena, con piernas en lugar de cola. Le dolía incorporarse; le dolía caminar. Frente a ella estaba el príncipe, que paseaba cerca del agua.
—¿Te encuentras bien? —preguntó él—. ¿De dónde has venido?
Ella quiso decir su nombre, contar la tormenta y explicarle por qué lo había buscado. No le salió ningún sonido. Solo pudo mirarlo y señalar el mar.
El príncipe la llevó al palacio, donde recibió ropa y cuidados. Con los días aprendió a moverse por sus jardines y salones. Todos admiraban la gracia con que bailaba, sin saber que caminar le exigía un esfuerzo que apenas podía ocultar.
El príncipe se encariñó con ella y le hablaba a menudo. La sirena lo escuchaba con atención: ahora que había llegado hasta él, descubría que podía estar muy cerca de alguien y seguir guardando un secreto inmenso.
Una tarde él le habló de la muchacha que, según creía, le había salvado la vida.
—Cuando desperté en la costa, estaba junto a mí —recordó—. Desde entonces no he dejado de pensar en ella.
La sirena comprendió el error. El príncipe confundía a quien lo encontró en la playa con quien lo había sacado del mar. Ella no logró explicárselo. Tampoco quiso apartar de su recuerdo a aquella joven, que había pedido ayuda cuando lo vio desmayado.
Por las noches bajaba hasta las escaleras que daban al agua. Allí refrescaba sus pies y observaba el oscuro movimiento de las olas. Algunas veces aparecían sus hermanas. Le hablaban desde el mar y ella respondía con gestos. Era la única manera de acercarse a su antigua casa.
La boda y la última elección
Pasado un tiempo, el príncipe tuvo que viajar a un reino vecino para conocer a la princesa con quien sus padres esperaban que se casara. Él decía que no deseaba un matrimonio sin cariño y pensaba todavía en la joven que lo había atendido junto al mar.
Cuando conoció a la princesa, la reconoció de inmediato: era precisamente la muchacha que había estado en el edificio blanco después del naufragio. Ella había vivido allí durante un tiempo, y el príncipe creyó que por fin volvía a encontrarse con su salvadora.
Los dos se enamoraron y decidieron casarse.
La sirena los vio celebrar su alegría. Sabía lo que significaba para ella aquella boda: cuando llegara la mañana siguiente, se convertiría en espuma. Nadie en el barco conocía el precio de su silencio.
Esa noche, mientras el príncipe y la princesa descansaban después de la ceremonia, la joven sirena se quedó en cubierta. Miraba el horizonte, esperando el primer resplandor del amanecer. Entonces aparecieron sus hermanas junto al barco.
Se habían cortado sus largas cabelleras para ofrecerlas a la hechicera a cambio de una última posibilidad. La hechicera les había entregado un cuchillo. Si la sirena mataba al príncipe antes de la salida del sol, recuperaría su cola y podría regresar al mar.
La joven recibió el cuchillo y miró hacia el camarote. Allí dormían el príncipe y su esposa. Volver a casa era lo que más había deseado durante aquellas noches de dolor y silencio. Pero no podía decidir que otra persona muriera para salvarla.
Sin pronunciar palabra, arrojó el cuchillo muy lejos, hacia el agua oscura.
Luego se lanzó al mar.
Con la primera luz del día, su cuerpo se deshizo en espuma. La historia, sin embargo, no terminaba ahí.
Las hijas del aire
La sirena sintió que algo la elevaba sobre las olas. Ya no tenía cola ni piernas. Era ligera como el viento y podía ver el barco desde arriba. Cerca de ella flotaban unas figuras transparentes cuya voz parecía venir de todas partes.
—Somos las hijas del aire —le explicaron—. No nacimos con un alma inmortal, pero podemos alcanzarla haciendo el bien durante muchos años.
Le hablaron de llevar aire fresco a lugares donde el calor hacía difícil respirar y de ayudar sin esperar que alguien las viera. Después de trescientos años de buenas acciones, explicaron, podrían recibir el alma que tanto había deseado.
La joven miró una vez más el barco. El príncipe y su esposa buscaban en el agua a la compañera que ya no estaba. Ella no podía volver a ellos ni a su familia del fondo marino. Tampoco había conseguido la vida humana que imaginó.
Pero su existencia no había terminado en la espuma. Se elevó junto a las hijas del aire, hacia un lugar que todavía no conocía. Por primera vez desde que perdió la voz, el viento podía escucharla.
Sobre esta adaptación
Esta es una adaptación abreviada, escrita con palabras y diálogos propios, del cuento literario Den lille Havfrue (La sirenita), de Hans Christian Andersen, publicado por primera vez en 1837. Conserva el rescate, la confusión del príncipe, el trato con la hechicera, la boda, la negativa de la sirena a quitarle la vida y el final con las hijas del aire. Omite parte de las descripciones y el epílogo didáctico sobre la conducta infantil.
El alma inmortal y los trescientos años de buenas acciones forman parte de las creencias religiosas presentes en la ficción de Andersen; no se presentan como hechos demostrados. Para contrastar la historia se consultaron el texto en inglés traducido por Jean Hersholt, alojado por el Centro Hans Christian Andersen de la Universidad del Sur de Dinamarca, y su registro de publicación original. También puedes encontrar otros relatos en la sección de cuentos infantiles.
