Alicia en el país de las maravillas: adaptación abreviada de la novela
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Alicia llevaba un buen rato sentada junto a su hermana, a la orilla de un río. El calor de la tarde le daba sueño. Su hermana leía un libro sin dibujos y, para Alicia, aquello era casi lo mismo que mirar una pared.

Estaba a punto de buscar alguna flor cuando pasó un conejo blanco. Llevaba chaleco, consultaba un reloj de bolsillo y parecía preocupado por llegar tarde.
Un conejo con prisa no era raro. Un conejo con reloj merecía, por lo menos, una investigación.
Alicia lo siguió hasta un agujero bajo unos arbustos. El animal desapareció y ella se asomó. Un instante después, cayó por un túnel tan profundo que tuvo tiempo de ver estantes, cuadros y hasta un frasco vacío en la pared. La caída terminó sobre un montón de hojas secas.
La puerta demasiado pequeña
El Conejo Blanco corría al fondo de un pasillo. Alicia fue tras él y llegó a una sala llena de puertas cerradas. Sobre una mesa de cristal encontró una llavecita dorada. Probó varias cerraduras hasta descubrir una puerta diminuta, oculta detrás de una cortina.
Al otro lado había un jardín luminoso, con senderos y flores que parecían esperar visitas. Pero Alicia no podía pasar: apenas le cabía la cabeza.
En la mesa apareció un frasco pequeño con una indicación: «Bébeme». Alicia lo examinó con cuidado antes de probarlo. Enseguida empezó a encogerse. Al llegar a la altura de un gato, corrió hacia la puerta y descubrió que había dejado la llave sobre la mesa, ahora tan alta como una torre.
—Qué sencillo resulta cometer errores cuando el mundo cambia de tamaño —murmuró.
Debajo de la mesa halló un pastelito que decía «Cómeme». Dio un bocado y empezó a crecer. Creció tanto que tuvo que agacharse bajo el techo. La puerta volvía a estar lejos de su alcance, solo que esta vez por abajo.
Se sintió tan frustrada que lloró hasta formar un charco enorme. Cuando pasó el Conejo Blanco, asustado por aquella figura gigantesca, dejó caer un abanico. Alicia lo recogió. Sin advertirlo, volvió a hacerse pequeña y cayó en el agua de sus propias lágrimas.
Nadó hasta la orilla junto a un ratón que había terminado en el mismo apuro. Después de salir de aquel estanque inesperado, buscó un sendero entre la hierba. El jardín seguía siendo su objetivo, aunque ya no estaba segura de querer entrar sin antes saber cómo salir.
Una oruga, un gato y una mesa de té
Sobre una seta había una oruga de aspecto tranquilo. Observó a Alicia como si una niña que cambiaba de altura varias veces al día fuera la cosa más normal.
—¿Quién eres? —preguntó la oruga.
—Alicia. Aunque hoy no estoy muy segura de cuánto dura una respuesta como esa.
La oruga quiso saber por qué estaba tan inquieta. Alicia contó lo del pasillo, la llave y el pastel.
—Esta seta puede ayudarte —dijo la oruga—. Un lado te hará crecer y el otro, disminuir.
Antes de que Alicia pudiera pedir una explicación más precisa, la oruga se marchó. La niña probó dos pequeños trozos, uno después del otro. Primero su cuello se alargó de manera disparatada; luego consiguió recuperar una estatura cómoda. Guardó un poco de cada lado de la seta, por si volvía a necesitarlo.
Más adelante, sobre la rama de un árbol, apareció un gato que sonreía de oreja a oreja. Alicia le preguntó por dónde debía seguir.
—Hay una reunión de té hacia allá —respondió el Gato de Cheshire, señalando un camino—. En el otro lado tampoco faltan sorpresas.
—¿Conoceré a alguien que responda las preguntas con claridad?
—Podrás preguntar —contestó el gato—. Que recibas una respuesta es otro asunto.
Y desapareció. Su sonrisa tardó un instante más en desvanecerse, como si no quisiera abandonar la conversación.
Alicia tomó el sendero del té. Encontró una mesa larguísima servida bajo los árboles. El Sombrerero y la Liebre de Marzo hablaban sin pausa; entre ambos dormía un lirón, tan indiferente al ruido que parecía haber decidido hacerlo parte de sus sueños.
Había muchas tazas, pero nadie parecía terminar de tomar el té. Cuando una se ensuciaba, los anfitriones cambiaban de asiento.
—¿Nunca recogen la mesa? —preguntó Alicia.
—No hemos encontrado el momento —explicó el Sombrerero—. Aquí siempre es hora de tomar té.
Le ofrecieron adivinanzas sin solución, se interrumpieron unos a otros y discutieron por palabras que Alicia no creía haber dicho. El lirón abrió un ojo para empezar una historia y se quedó dormido antes de acabarla.
—Me voy —anunció la niña al fin—. Una conversación no debería obligarte a perseguirla por toda la mesa.
Nadie respondió; estaban demasiado ocupados discutiendo dónde colocar una tetera.
El jardín de la Reina de Corazones
En el tronco de un árbol Alicia descubrió una puertecita. La cruzó y se encontró otra vez en la sala de las muchas puertas. Esta vez recuperó la llave dorada y utilizó un trocito de seta para reducir su tamaño. Por fin pudo entrar en el jardín.
Allí vio a tres jardineros que parecían naipes. Pintaban de rojo las rosas blancas de un rosal.
—¿Por qué no las dejan como están? —preguntó Alicia.
—Porque la Reina de Corazones no admite equivocaciones —dijo uno, mirando a todas partes—. Y nosotros plantamos el rosal de otro color.
Antes de que terminaran, apareció una comitiva de soldados, cortesanos y figuras con corazones dibujados en sus trajes. La Reina avanzaba como si hasta las piedras debieran apartarse por respeto.
Al ver a Alicia, quiso saber quién era y por qué estaba allí. Alicia dijo su nombre, pero no pudo explicar cómo había llegado a un jardín en el que los naipes trabajaban de jardineros. La Reina se enojó de inmediato y ordenó castigos por asuntos cada vez más pequeños. Su esposo, el Rey de Corazones, procuraba calmarla sin conseguir gran cosa.
De pronto, la Reina preguntó si Alicia sabía jugar al croquet.
—Con reglas normales, sí.
—Aquí las reglas las digo yo —replicó la Reina.
En aquel partido los mazos eran flamencos vivos y las bolas, erizos que se desenrollaban y echaban a caminar cuando les parecía. Los soldados doblaban la espalda para servir de arcos, pero cambiaban de sitio a mitad de la jugada. Nadie llevaba la cuenta de los puntos; todos vigilaban el humor de la Reina.
Alicia intentó golpear una bola, pero su flamenco giró el cuello para mirarla. El erizo aprovechó para esconderse bajo un arbusto.
—Este juego sería menos difícil si los instrumentos no tuvieran sus propios planes —pensó.
El Gato de Cheshire apareció por encima de los jugadores, mostrando solo la cabeza y aquella sonrisa imposible. La Reina quiso castigarlo también. Los soldados no supieron qué hacer con un gato que podía desaparecer antes de que alguien se le acercara.
Cuando todos discutían todavía ese problema, el Conejo Blanco anunció que debían acudir a un juicio.
Un juicio sin sentido
En una sala repleta de animales y naipes, el Rey ocupó el asiento del juez. La Reina estaba a su lado. El acusado era la Sota de Corazones: alguien decía que había robado unos pasteles destinados a la mesa real.
El Conejo Blanco leía acusaciones con aire solemne. Los miembros del jurado tomaban notas incluso cuando nadie había dicho nada. Llamaron al Sombrerero para declarar, pero habló de una taza y del tiempo que le quedaba para merendar. Las preguntas lo confundían cada vez más.
Alicia escuchaba desde el público. Empezó a crecer sin saber por qué. Al principio solo notó que sus rodillas chocaban con el banco; luego ocupó tanto espacio que los demás tuvieron que apartarse.
Entonces la llamaron a declarar.
—¿Viste quién se llevó los pasteles? —preguntó el Rey.
—No.
—¿Puedes adivinarlo?
—Eso no sería una prueba.
El jurado escribió la respuesta como si fuera una noticia extraordinaria. Apareció un papel con versos que nadie entendió del mismo modo. La Reina pidió que decidieran el castigo de una vez, sin esperar a saber qué había ocurrido.
Alicia miró al Rey, a la Reina y al desconcertado acusado.
—No pueden condenar a alguien solo porque les resulte cómodo —dijo—. Y esos versos no demuestran nada.
La Reina gritó, los soldados levantaron los brazos y los naipes comenzaron a volar en dirección a Alicia. Ella intentó apartarlos de la cara. De pronto ya no eran soldados ni cartas: eran hojas secas que caían desde los árboles de la ribera.
Alicia abrió los ojos. Su hermana estaba a su lado.
—Te quedaste dormida —le dijo, apartándole una hoja del vestido—. ¿Soñabas algo?
Alicia se incorporó y contó cuanto pudo recordar: el reloj del conejo, la pequeña puerta, las tazas que nunca se acababan y una reina incapaz de jugar con reglas claras.
Su hermana la escuchó sonriendo. El río seguía fluyendo como antes, sin una sola carta flotando en el agua. Alicia miró los arbustos por última vez. No había señales del Conejo Blanco, pero le pareció que un jardín tan extraño merecía al menos una segunda visita, aunque fuera en sueños.
Sobre esta adaptación
Esta es una adaptación abreviada, redactada con narración y diálogos propios, de Alice’s Adventures in Wonderland (1865), de Lewis Carroll. Selecciona la caída y los cambios de tamaño, la oruga, el Gato de Cheshire, la merienda, el croquet y el juicio, hasta el despertar junto a su hermana. No sustituye la novela completa ni incorpora episodios de A través del espejo.
El texto inglés puede consultarse en Project Gutenberg: Alice’s Adventures in Wonderland, especialmente en los capítulos I, II, V, VI, VII, VIII, XI y XII. En relatoscortos.org también existe la sección de cuentos infantiles.
