La leyenda del Chiru Chiru está vinculada con Oruro y la devoción a la Virgen del Socavón. En uno de sus motivos conocidos, un ladrón favorece a los pobres, pero termina transgrediendo el límite que debía respetar. Las versiones del Chiru Chiru y del Nina Nina no son necesariamente una misma narración: sus relaciones y diferencias han sido estudiadas por investigadores bolivianos.
Esta recreación conserva el conflicto del ladrón y su promesa, pero inventa escenas y diálogos. No pretende explicar por sí sola el origen histórico del Carnaval de Oruro.

Lo que había dentro de la bolsa
El hombre al que llamaban Chiru Chiru sabía escuchar detrás de una puerta.
Reconocía una casa dormida por el modo en que crujían sus vigas. Sabía distinguir una moneda de un botón sin encender una vela. Podía cruzar una calle con los bolsillos llenos y hacer que parecieran vacíos.
Lo que nunca había aprendido era a tener suficiente.
Al principio repartía parte de lo robado. Dejaba comida donde faltaba y algunas monedas en manos de quienes no podían trabajar. No preguntaba nombres. Los que recibían sus regalos tampoco preguntaban de dónde venían.
Antes de salir por la noche encendía una pequeña luz ante la imagen de la Virgen. Había hecho una promesa: no quitarle a un pobre lo poco que tuviera.
Durante mucho tiempo la cumplió.
Pero llegó una noche en que regresó sin nada. Había pasado horas buscando una puerta abierta, una ventana descuidada, una casa donde sus pasos no despertaran a nadie. El frío lo seguía hasta los huesos.
En una calle estrecha vio a un trabajador apretándose una bolsa contra el pecho.
El hombre caminaba cansado. Chiru Chiru reconoció la ropa gastada, los zapatos reparados varias veces. Debió apartarse y dejarlo pasar.
En lugar de eso pensó que, si alguien guardaba una bolsa con tanta fuerza, algo de valor tendría dentro.
Se acercó y se la arrebató.
El trabajador no la soltó. Forcejearon junto a un muro. Chiru Chiru recibió una herida y cayó de rodillas. El otro hombre huyó, dejando entre sus dedos un pedazo de tela.
La bolsa se había roto.
Sobre el suelo quedaron unos panes, una prenda pequeña doblada con cuidado y varias monedas de poco valor. Chiru Chiru miró la ropa. Era para un niño.
Trató de recogerla, pero no podía mantenerse derecho.
Se arrastró hasta su refugio. Cada paso le parecía más difícil que el anterior. Cuando llegó frente a la imagen, quiso encender la luz acostumbrada.
No encontró con qué.
El dolor había vaciado sus bolsillos y, por primera vez, no tuvo nada que ofrecer. Se quedó sentado en la oscuridad, con el trozo de tela sobre las piernas.
—Me había prometido no hacerlo —dijo.
La frase sonó pequeña dentro del refugio. Intentó repetirla más fuerte. No pudo.
Entonces oyó pasos.
Una mujer se arrodilló a su lado. Él no le vio el rostro. Solo las manos, que recogieron del suelo la tela y la pusieron junto a la imagen.
—Hay una familia esperando esa bolsa —alcanzó a decir el ladrón.
Quiso levantarse para devolver lo que quedaba, pero la mujer le sostuvo los hombros. La oscuridad pareció hacerse menos espesa. Chiru Chiru dejó de sentir frío.
Al día siguiente varias personas fueron a buscarlo. Habían notado su ausencia. Entre ellas estaba el trabajador de la bolsa rota.
Lo encontraron sin vida en su refugio.
Junto a él estaba el pequeño trozo de ropa, doblado con un cuidado que ninguno habría esperado de un ladrón. El trabajador lo recogió. No preguntó quién lo había colocado allí.
Los vecinos miraron la imagen de la Virgen y comenzaron a contarse lo que creían que había ocurrido durante la noche. Unos hablaron de perdón; otros, de una promesa quebrada. Las palabras fueron pasando de una casa a otra.
Con el tiempo, el nombre del ladrón quedó unido al del Socavón.
Y en la historia que se contaba ya no importaba cuánto había logrado robar, sino aquella bolsa humilde que nunca debió tocar.
Leyenda, variantes y procedencia
Los detalles de la bolsa, la prenda infantil y el encuentro aquí narrado son recursos literarios de esta adaptación. Para investigar el contexto, consulta el Archivo de Folklore Boliviano, motivo Chiru-chiru, y el estudio de Ricardo Jorge y Eliana Verónica Llanque Ferrufino publicado por Ciencia y Cultura. El estudio diferencia versiones y plantea una interpretación histórica; no demuestra que cada episodio de esta recreación haya sucedido.
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