
Cuando los dioses crearon el Quinto Sol en Teotihuacan, el nuevo astro se quedó quieto en lo alto del cielo. No avanzaba hacia ningún lado. La tierra recibía su calor sin descanso y no había noche para dormir ni mañana para despertar.
Los dioses entendieron que el sol necesitaba fuerza para caminar. Para lograrlo, todos debían dar su vida. El encargado de cumplir el sacrificio fue Ehécatl, el dios del viento.
Uno tras otro, los dioses aceptaron su destino. Pero Xólotl, hermano gemelo de Quetzalcóatl, sintió un miedo muy grande. Miró a los demás, comenzó a temblar y se puso a llorar. Lloró tanto que los ojos se le hincharon.
—Yo no quiero morir —dijo entre lágrimas—. Quiero seguir viviendo en la tierra.
En cuanto Ehécatl se dio la vuelta para buscarlo, Xólotl echó a correr hacia el campo.
Llegó a una milpa donde crecía el maíz verde. Para no ser visto, se metió entre las matas y cambió de forma: se convirtió en una planta de dos tallos pegados, con dos mazorcas juntas. Pensó que allí nadie lo reconocería.
Ehécatl llegó poco después, soplando entre las hojas secas. Miró las plantas una por una hasta que vio la caña doble.
—Aquí estás, Xólotl —dijo el viento con voz fría—. Quieres engañarme naciendo dos veces en la misma raíz.
Al oírlo, Xólotl rompió el tallo, volvió a su cuerpo de dios y salió corriendo antes de que el viento pudiera alcanzarlo.
Subió a una loma seca donde crecían magueyes, que son plantas grandes de hojas gruesas y con espinas. Xólotl se arrojó contra el suelo pedregoso y se transformó en un maguey de dos cabezas.
El viento subió la cuesta levantando polvo. No tardó en encontrar la planta extraña.
—También conozco el maguey doble —dijo Ehécatl—. Ninguna hoja gruesa te va a salvar.
Xólotl tembló de nuevo. Se desprendió de la tierra y bajó rodando por las piedras hasta llegar a las orillas de Xochimilco. Frente a él se extendía el agua quieta de los canales, rodeada de sauces y lodo oscuro.
Sin pensarlo dos veces, Xólotl se tiró de cabeza al agua.
En el fondo del canal cambió de forma por última vez. Se convirtió en un axólotl, un pequeño animal de agua. Sus brazos y piernas se volvieron patitas cortas con dedos finos. Su piel se volvió lisa y oscura, del mismo color que las piedras del fondo. A los lados de su cabeza brotaron seis ramitas suaves con las que podía respirar bajo el agua.
Ehécatl llegó a la orilla del canal. Vio las ondas en la superficie y no se detuvo. El viento se metió al agua, apartó las plantas y revolvió el lodo del fondo hasta que encontró al animal escondido.
Allí terminó la huida de Xólotl. Ehécatl cumplió el sacrificio que el dios intentó evitar.
Después, el viento regresó a Teotihuacan y sopló con toda su fuerza sobre el horizonte. Con la muerte de los dioses, el sol comenzó por fin a moverse hacia el oeste, trayendo la noche y el orden a la vida de los hombres.
En el agua de los canales quedó para siempre el ajolote, con sus ramitas en la cabeza y sus ojos abiertos en la sombra, recordando la historia del dios que tuvo miedo y quiso escapar del viento.
Origen de la leyenda
Adaptación: Shyvirelle.
Este relato se inspira en un mito nahua recogido en el Códice Florentino, Libro VII, folios 6r y 6v, disponibles en la edición digital del Getty. Sabios, escritores y pintores nahuas de Tlatelolco participaron en esta obra junto a Bernardino de Sahagún. En esta versión del mito, Xólotl se transforma tres veces para escapar del sacrificio.
Puedes leer también El Quinto Sol, la obra de teatro de Greg sobre el inicio de esta historia.
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