En Guadalajara, la Casa de los Perros es conocida por las dos esculturas que vigilan su fachada. Una de sus leyendas habla de una promesa olvidada y de alguien dispuesto a responder un rosario desde la tumba.

El relato cuenta que don Jesús Flores y su esposa, Ana, viajaban en barco cuando los sorprendió una tormenta. El agua golpeaba la cubierta y el viento no los dejaba oírse.
Creyeron que iban a morir. Allí se hicieron una promesa: quien sobreviviera al otro rezaría por su descanso.
El barco llegó a puerto. Los dos volvieron a Guadalajara y la promesa quedó atrás, entre los recuerdos del viaje.
Tiempo después, don Jesús murió. Según la leyenda, Ana volvió a casarse y dejó de rezar por él.
Entonces empezó a correr una historia por la ciudad. El dueño de la Casa de los Perros seguía esperando sus oraciones. Quien fuera a su mausoleo en el Panteón de Mezquitán, a medianoche, y cumpliera el novenario recibiría la casa.
Pero no bastaba con llevar una vela y saber las oraciones. Había que quedarse hasta el final, aunque una voz contestara desde dentro de la tumba.
Se cuenta que algunos aceptaron el reto. Entraban al panteón con el rosario entre las manos, llegaban hasta el mausoleo y encendían una vela.
Las primeras palabras salían sin dificultad. Después, el silencio entre una oración y otra se hacía más largo.
Cuando llegaba la respuesta, ya no estaban rezando solos.
La voz sonaba detrás de la piedra, baja y lenta. Seguía la oración sin adelantarse una sola palabra.
Quienes cuentan la leyenda dicen que nadie se quedaba hasta terminar. Dejaban caer la vela o guardaban el rosario y corrían hacia la salida.
La casa seguía donde estaba. Los dos perros continuaban en lo alto, mirando hacia la calle.
Y en el panteón, don Jesús seguía esperando que alguien acabara de rezar.
Adaptación: Shyvirelle
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