Poemas de Amor

Poemas para amigas: seis textos originales sobre la amistad

Poemas para amigas: seis textos originales sobre la amistad

Poemas para amigas: seis textos originales sobre la amistad

Hay amistades que se reconocen en un aplauso, otras en una broma que vuelve y otras en la tranquilidad de esperar una respuesta. Estos seis poemas originales ofrecen escenas diferentes para dedicar a una amiga. Cada uno está completo y lleva una nota breve que ayuda a elegirlo según la ocasión.

1. Tu aplauso antes de mi nombre

Aún no habían dicho mi nombre
y tú ya estabas enderezándote en la silla,
como quien abre espacio
para que otra persona pueda llegar.

Yo miraba mis notas,
las manos demasiado ocupadas
en ordenar papeles que ya estaban en orden.
Entonces te encontré al fondo de la sala:
no prometías que saldría perfecto,
solo estabas allí, prestando atención.

Por eso te doy las gracias,
por aprender los nombres de mis proyectos,
por preguntar qué ocurrió después,
por celebrar conmigo una puerta abierta
sin convertirla en una carrera contra nadie.

Tu alegría no me quitó los nervios.
Me dio un lugar desde el que empezar.

Para agradecer una presencia atenta. El reconocimiento se dirige a gestos concretos, sin exigir una amistad disponible a todas horas.

2. El tiempo en dos ventanas

Cuando dices que llueve,
aquí la ropa ya está seca.
Tu ciudad apaga sus escaparates
mientras la mía prepara el café.

Hemos aprendido a dejar mensajes
sin pedir que la respuesta llegue enseguida.
Tú cuentas un árbol que cambiaron de sitio;
yo, el nombre del vecino que por fin me saluda.
Así caben nuestros días desiguales
en una conversación que no tiene prisa.

No vivimos la misma tarde.
Podemos quererla juntas.
Me alegra imaginar tu abrigo en la percha,
la calle que conoces de memoria,
esa vida tuya que continúa lejos
y encuentra, de vez en cuando,
una palabra para acercarse.

Para una amiga que vive lejos. La cercanía se expresa sin borrar los horarios, la independencia ni la vida propia de cada una.

3. El nudo de lana

Llegaste con una bolsa de lana
y una pregunta pequeña:
¿te molesta si me siento?

Yo llevaba todo el día intentando
explicar un problema sin comienzo claro.
Tú no trajiste un discurso
ni un catálogo de soluciones instantáneas.
Pusiste el ovillo entre las dos.

Mientras hablaba, apareció un nudo.
Lo miramos, buscamos sus extremos,
aflojamos una vuelta cada vez.
El problema de mi vida seguía allí,
mucho más grande que aquel hilo.

Pero agradecí tus manos pacientes,
la pregunta antes de ayudar,
y que al marcharte no pidieras
una prueba de que ya me encontraba mejor.

Para agradecer apoyo respetuoso. El ovillo acompaña una conversación; no representa una solución mágica ni obliga a dar explicaciones.

4. Acta de nuestra expedición

Consta que salimos a las nueve
con bocadillos, brújula y confianza.
Consta también que a las nueve y veinte
estábamos consultando el mapa
del aparcamiento equivocado.

Tú propusiste seguir al sol.
Yo recordé que había nubes.
Tras una deliberación muy seria,
nombramos capitán al perro de un señor
que parecía conocer el camino.

Llegamos a una fuente, no a la cumbre.
Comimos con la dignidad posible
y llamamos al paseo reconocimiento del terreno.

Se aprueba repetir la aventura,
con menos confianza en nuestras dotes de orientación
y la misma cantidad de queso.
Firmado: dos amigas sin ninguna intención
de corregir esta parte de su historia.

Para compartir humor sin ridiculizar a la otra. La voz plural reparte el pequeño desastre y conserva el placer del día.

5. La fotografía movida

Nadie salió quieta en aquella foto.
Una estaba buscando su pendiente,
otra discutía con el temporizador,
tú tenías los ojos medio cerrados
y yo sujetaba una cortina que se caía.

Durante años pensamos en repetirla.
Ahora me gusta esa falta de orden:
las caras todavía a medio gesto,
el borde de una risa que no cabe,
la prueba de que hubo una habitación
donde no necesitábamos ensayar nuestra alegría.

Ya no recordamos qué canción sonaba.
Cada una propone una distinta.
Dejémoslas sonar por turnos.
El recuerdo puede tener varias versiones
y seguir reuniéndonos
alrededor de la misma fotografía.

Para una amistad con historia compartida. Las versiones distintas del recuerdo se admiten sin inventar una memoria perfecta.

6. Dos estaciones y un café

Yo te esperaba bajo el reloj central.
Tú me buscabas junto al reloj antiguo.
La ciudad, muy orgullosa de sus relojes,
nos había preparado dos bienvenidas.

Nos encontramos por teléfono
y después por la risa,
esa señal que llegó antes que tu abrigo
al extremo de la calle.

En el café comenzamos por lo urgente:
tu trabajo, mi casa, una noticia familiar.
Luego apareció lo que no habíamos planeado:
una broma pequeña, el silencio cómodo,
la manera de apartarte el pelo mientras piensas.

Habían pasado años.
No tuvimos que esconderlos.
Los sentamos con nosotras a la mesa
y pedimos algo de comer.

Para un reencuentro. La amistad reconoce el tiempo transcurrido y permite conocerse de nuevo, sin fingir que nada ha cambiado.

Para acompañar una dedicatoria, basta añadir fuera del poema una frase verdadera sobre la persona que lo recibe: qué gesto recuerdas o por qué pensaste en ella. La precisión de ese detalle suele decir más que una promesa imposible de estar siempre disponible.

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Acerca de…

Soy Shyvirelle, creador de esta comunidad de cuentos y obras de teatro. Aquí encontrarás historias de terror, amor, drama y comedia, además de guiones para distintos públicos. Descubre a nuestros autores y comparte tus lecturas favoritas.