En los caminos solitarios del sur de Irlanda, donde los setos de espino bordean las colinas y la niebla baja cubre las hondonadas al caer la tarde, los viajeros antiguos evitaban quedarse a solas después de que se ocultara el sol. Sabían que cuando la noche se cerraba por completo, el silencio de los senderos podía romperse por un sonido temible: el ruido sordo de ruedas pesadas sobre el barro y el chasquido seco de un látigo en la oscuridad.
Michael trabajaba llevando cargas de leña y turba desde las lomas de Ballyhooley hasta los caseríos cercanos al río Blackwater. Aquella tarde de otoño, el peso de la carreta y una lluvia persistente retrasaron su regreso. Para cuando alcanzó el cruce de caminos junto al viejo molino abandonado, la noche ya estaba cerrada y no quedaba una sola luz encendida en las granjas de los alrededores.
Mientras apuraba el paso de su caballo para llegar al pueblo, el animal se detuvo de repente en medio del barro. Levantó las orejas, empezó a temblar con fuerza y soltó un bufido de miedo, negándose a dar un solo paso hacia adelante.
Michael bajó de la carreta para revisar si una rueda se había trabado entre las piedras. En ese instante, a lo lejos, escuchó el rumor: un golpeteo pesado y constante, como el de un carruaje grande que avanzaba a toda prisa por el camino angosto.
A medida que el sonido se acercaba, el aire se volvió frío y pesado. No se oía el tintineo de metales ni el resoplido de caballos vivos, sino un crujido de maderas viejas y el estruendo de cascos que hacían temblar los charcos del camino.
Michael se pegó al seto de espinos y sujetó la brida de su caballo, tratando de no hacer ruido.
Desde la curva del sendero apareció una figura enorme envuelta en un abrigo oscuro. Montaba un caballo negro envuelto en un vapor espeso que se desvanecía en el aire frío. Detrás de él rodaba un carruaje fúnebre cubierto por telas negras desgastadas.
Pero lo más espantoso era el jinete. Sobre sus hombros anchos no había cuello ni rostro. Llevaba su propia cabeza sujeta bajo el brazo derecho, apretada contra el pecho como si fuera un bulto macabro. La piel de aquella cabeza era pálida y rugosa como pergamino seco, su boca abierta se extendía de oreja a oreja en una mueca congelada y sus dos ojos redondos brillaban en la sombra como brasas encendidas.
En su mano izquierda sostenía un látigo largo hecho con una columna vertebral humana, con el que cortaba el aire a cada pocos metros.
Michael recordó en ese segundo las advertencias que su abuelo le repetía junto a la chimenea: el Dullahan nunca se detiene ante quien lo observa, pero si el viajero intenta interponerse en su camino o curiosear en su coche fúnebre, el espectro arroja un cuenco de sangre sobre su rostro como anuncio de su propio fin.
Michael apretó los dientes, bajó la cabeza hacia el barro y contuvo la respiración.
El carruaje negro pasó a menos de dos metros de él. El viento frío que levantó su marcha olía a tierra de cementerio y a humedad de tumba abierta. La cabeza bajo el brazo del jinete giró sus ojos encendidos hacia el seto donde Michael se ocultaba, pero el carruaje no frenó.
Siguió de largo por el camino que subía a la colina y solo se detuvo varios minutos después, frente al portón de hierro de una casa vieja de piedra donde ardía una pequeña vela en la ventana del piso alto. Allí, en la quietud de la noche, el látigo chasqueó por última vez en el aire, una voz seca y ronca pronunció un nombre desde la sombra y el carruaje se disolvió en la niebla sin dejar rastro de ruedas sobre el camino.
Adaptación: Shyvirelle
Inspirado en la tradición irlandesa del Dullahan recogida por Thomas Crofton Croker en Fairy Legends and Traditions of the South of Ireland (edición consultada de 1844).
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