Mitos y Leyendas

La leyenda del tlacuache y el fuego: un regalo para los humanos

Esta es una recreación literaria de un antiguo motivo contado en distintas versiones: el tlacuache roba el fuego para entregarlo a los humanos. Las escenas y los diálogos que siguen son nuevos.

Un tlacuache lleva una pequeña brasa en la cola por un bosque nocturno, recreación de la leyenda.
Ilustración de la adaptación.

Hubo un tiempo, dice la leyenda, en que las personas conocían el frío de las noches, pero no la luz de una hoguera. Cuando el cielo se oscurecía, se reunían muy cerca unas de otras. Podían esperar al amanecer; no podían obligarlo a llegar antes.

Sabían que el fuego existía. Lo habían visto brillar a lo lejos, en poder de otros seres que lo guardaban para sí. Nadie conseguía acercarse lo suficiente para obtener una parte. A cada intento, los guardianes vigilaban con más cuidado.

El tlacuache escuchó las quejas de los humanos. Era pequeño y sus pasos apenas hacían ruido entre las hojas. No tenía la fuerza para enfrentarse a los dueños de la llama, pero se le ocurrió una manera distinta de intentarlo.

—Puedo traerles fuego —dijo.

—¿Tú solo? —preguntaron sorprendidos.

El animal no prometió vencer a nadie. Se limitó a salir antes de que cayera la siguiente noche.

Encontró la hoguera después de un largo recorrido. La rodeaban unas figuras que no apartaban los ojos del resplandor. El tlacuache se acercó despacio y dejó que lo vieran.

—No he venido a quitarles nada —dijo—. He caminado tanto que ya casi no siento las patas. Permítanme descansar junto a esa piedra.

Uno de los guardianes lo observó con desconfianza. La piedra quedaba a cierta distancia del fuego, así que le permitió quedarse allí. El tlacuache se hizo un ovillo y aparentó estar vencido por el sueño. Mientras tanto, prestaba atención a cada movimiento alrededor de las llamas.

Pasó un rato. Los guardianes empezaron a conversar entre ellos y dejaron de vigilar al pequeño visitante. Entonces el tlacuache se deslizó hacia la hoguera. Acercó su larga cola a una brasa hasta que prendió. El calor lo sacudió de inmediato, pero no dio un grito: corrió.

Detrás de él resonaron pasos y voces. Los dueños del fuego advirtieron el engaño y fueron tras el ladrón. El tlacuache avanzó como pudo por el camino oscuro. La cola le ardía, las patas le temblaban y, aun así, no se detuvo. Si dejaba caer aquella chispa, todas las personas seguirían esperando una luz que nunca llegaba.

Cuando apareció entre los humanos, ya no parecía el mismo animal que había partido. Les entregó el fuego y se echó a un lado, agotado. La gente contempló la llama con asombro; por primera vez, su noche ya no dependía únicamente de la claridad del cielo.

Al tlacuache le quedó una señal del viaje: la cola, antes cubierta de pelo en la leyenda, se había quemado y quedó desnuda. Así explica el cuento su aspecto.

Desde entonces, cada vez que se recuerda esta historia, el tlacuache no es el más grande ni el más poderoso de los animales. Es aquel que se atrevió a tomar para todos lo que unos pocos se reservaban.

Un relato con distintas versiones

El robo del fuego aparece en diferentes tradiciones mesoamericanas. Cambian los seres que custodian la hoguera y también la forma en que el tlacuache transporta la brasa. Esta narración elige únicamente la versión de la cola encendida. El Museo Nacional de Antropología recoge ese motivo entre las historias asociadas al animal. La cola sin pelo es aquí una explicación mítica, no una descripción de cómo surgió biológicamente.

Adaptación y texto: Shyvirelle.

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Acerca de…

Soy Shyvirelle, creador de esta comunidad de cuentos y obras de teatro. Aquí encontrarás historias de terror, amor, drama y comedia, además de guiones para distintos públicos. Descubre a nuestros autores y comparte tus lecturas favoritas.