Obras de TeatroEspaña

Una noche borrosa

Había decidido llamar por teléfono y tomar chino a las 1:30 de la madrugada. Por extraño que llegase a parecer, el restaurante todavía estaba abierto a esas horas tan dramaturgas.

Más tarde, después de haberme atiborrado a tallarines grasientos, decidí que aun siendo las 2:20 de la madrugada todavía no tenía sueño. Que tal vez, no sería mala idea levantarme, vestirme y caminar hasta alguna de las discotecas más cercanas del barrio. Después de pensarlo, ya estaba reaccionando, haciendo que todo lo que sucedía por mi mente fuese realidad.

Cuándo salí de mi casa con un abrigo largo, vestido corto y negro y unos tacones altos que iban a juego tanto con mi abrigo como con mis labios, caminé y caminé hasta las discoteca ”Allan”.

Había muchísimo gentío, con un ambiente musical donde Melody Gargot pronunciaba su voz como si fuese el mismísimo viento del recinto. Las copas que las estanterías detrás de la barra se disponían a sujetar sus bases, brillaban a un tono fluorescente azul gracias a las luces que se asomaban centelleantes, para dar algo de magia al estado de la noche.

Me apoyé a la barra, a la espera de que el camarero o quizá camarera que no se encontraba detrás de la mencionada barra, apareciese para poder pedirlo algún Cosmopolitan. Pero claro, ya había cambiado de posición de pierna unas cinco veces y ahí no aparecía ningún profesional para atender mi ansiosa necesidad por meterle a mi estómago algo más que un chino.

Me mordí el labio superior algo nerviosa por la situación, fijando mi vista al Sur del lugar. Porque de Norte, es cierto que me quedaba poco. Vi como dos ancianos bailaban casi fusionados, a un ritmo espectacular y sincronizado que daba gusto de ver. Imágenes como éstas, hacían que te preguntases si de verdad estamos destinados a alguna persona en particular a pesar de todos los puntos negros que llegan a haber en el planeta, caminando a paso efímero por la vida.

– ¿Nadie te sirve hermosura? – Quien hablaba, no era el camarero o la camarera, no. Era un hombre de aspecto atlético, con ojos negros como la pantalla de un televisor apagado. Su pelo tenía algunos rizos, que también parecían ligeros y muy negros. Era bastante atractivo.

Me quedé algo admirada y observadora. No sabía si decir algo o salir corriendo, pues no dejaba de ser un extraño para mí.

– Ehm… – Moví mi cabello castaño y liso hacia un lado, dejándolo a mi espalda para poder dejar visible mi cuello además de mi cara para que pudiese apreciar más mis gestos- querría que me sirviese alguien algún Cosmopolitan, pero parece ser que nadie está contratado por aquí-.

El desconocido con semblante oscuro, miró con aire divertido todas esas copas que brillaban en la noche. Después se volvió de nuevo a mí, hizo un chasquido con sus dedos y me guiñó un ojo. Saltó la barra, cosa que hizo que se activase mi risa tanto como si me hiciesen cosquillas.

– Shhh… – Con uno de sus dedos me pedía silencio, aun con aspecto divertido y muy amigable. Tapé mis labios para evitar que alguna que otra carcajada saliese de mí.

Entonces a partir de ahí comenzó a prepararme el Cosmopolitan de manera muy profesional. Un acto voluntario que me hizo sospechar de que posiblemente era él el camarero del recinto y aprovechaba sus desapariciones para capturar a muchachitas solitarias que esperaban alcohol a las 3:00 de la madrugada. Una hora peligrosa en la noche dirían algunos.

– Aquí tienes hermosura – Su sonrisa era perfecta. Y con una sonrisa mía agradecí mi copa.

No sé cómo explicar lo que empezó a suceder después. Comencé a beberme el Cosmpolitan cuándo entonces mi vista empezó a nublarse.

– ¿Te encuentras bien? – Me decía el chico desconocido de la sonrisa perfecta y rizos ligeros. No sabía su nombre, no sabía qué me estaba pasando, sólo… recuerdo que eran las 3:00 de la madrugada.

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Desperté a la mañana siguiente despeinada y entre sábanas cómodas. Eran cómodas porque era mi casa, pero, ¿cómo he llegado hasta aquí?

Comencé a creer que tal vez anoche no salí a ningún lugar. Mi comida china estaba en mi mesilla, así que podría ser muy probable que quizá llegase a haber tenido alguna posible indigestión que me hiciese flipar en colores, hasta hacerme imaginar algunos momentos que apenas recordaba de la noche. Pero entonces, cuando fui a salir de mi cama percibí que no tenía el pijama puesto, sino… que estaba desnuda.

– Pero qué… – Comencé a sentirme alarmada. No sólo estaba desnuda en mi propia cama, sino que además había sangre en mis sábanas. Palpé todo mi cuerpo en busca de alguna posible herida que hubiese causado todo eso, pero no encontré nada.

Traté de mantener la calma. ”Tranquila, quizá sólo sean tu menstruación o algo… ” Pero, no no me lo terminaba de creer. Después de ponerse sopa limpia, cambiar las sábanas y hacer una limpieza profunda de toda su casa para ver si los recuerdos llegaban a ella por arte de magia y con más claridad, decidió tomar cita con el médico para prevenir cualquier cosa que le pudiese estar pasando, ya que no recordar lo que pasó anoche no era muy normal.

Eso hice. La cita me la dieron para el día siguiente a las 9:00 de la mañana. No tardé nada en plantarse en aquel lugar arreglada y más tranquila que el día anterior.

– Por favor, siéntese y espere a que su médico de cabecera le llame- Le comunicó la recepcionista, a la que hizo caso sin dilaciones.

– Sheryl, adelante pase -.

Y eso hice. Después… sucedió algo que cambió mi vida en un sólo instante. El médico me comunicó que estaba embarazada, ¿cómo era eso posible? Nada más salir de allí, entonces lo vi. Vi a ese hombre moreno que me sirvió el Cosmopolitan que tan borrosamente recuerdo. Me sonreía con malicia y, yo no entendía ni siquiera cómo era posible que la implatanción de un bebé en mi útero pudiese darse tan rápido.

Esa noche, en cuánto llegué a mi casa pasó algo peor. Era la 1:30 de la madrugada. Las náuseas me levantaron de la cama, fui corriendo hasta el baño y vomité a causa de ellas. Cuándo me levanté, noté algo distinto; mi barriga había crecido.

– No puede ser… – Acaricié mi vientre espantada, sin entender nada de lo que estaba pasando. Intenté olvidar lo que estaba viendo, lo que me estaba sucediendo. ¿Puedo estar volviéndome loca? Quizá por eso no recuerdo nada de la noche anterior… .

Cuándo me acosté en mi cama, apenas estaba percibiendo que mientras dormía, mi vientre seguía aumentando como si el reloj del tiempo tuviese vida propia, saltándose los nueve meses de gestación. La alarma que nunca encendí sonó, a las 3:00 de la madrugrada. Desperté sobresaltada.

No sólo yo desperté, algo con garras desde dentro de mí también decidió abrirse paso, abriéndome sin compasión. Mis sábanas limpias se llenaron de sangre nuevamente y… ahí estaba de nuevo. Delante de mí, sonriendo con un Cosmopolitan en la mano, brindando por su monstruoso hijo. Por su vida, por mi muerte.

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Acerca del autor

Ainoa Rodríguez

Las apariencias engañan, pero otras veces lo que ves es lo que hay.

Redactora multitemática y relatista en Hidden Words desde hacer más de 10 años.

Si hay algo que tengo que decir sobre las palabras, es que ellas son las que me salvan diariamente.

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Desde muy joven me gusto la idea de escribir pero desconocía como empezar, el mejor recurso que encontré fue la lectura y de ahí nació mi pasión, hoy día escribo y me dejo atrapar por la historia.

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