¿Alguna vez te has preguntado por qué cada vez que hay tormentas, el cielo se ilumina con la luz de los relámpagos y se llena con el ruido de los truenos ensordecedores? Pon mucha atención, pues esta vieja leyenda te recordará que no importa cuan oscura sea una situación, al final siempre podremos encontrar fuerza en el bien para vencerla.
Dicen que hace millones de años, cuando Dios estaba creando el universo, el mundo apenas estaba poblado por unas cuantas personas. Ellos apenas conocían el sol, la luna y las estrellas, la nieve y la lluvia.
Cuando el ángel maligno vio esto, se sintió terriblemente celoso y se plantó ante el Señor con una mirada amenazante.
—He visto a los humanos que creaste y el hogar que has hecho para ellos —dijo—, quiero que este mundo sea mi imperio. Me parece justo, pues soy el ángel más poderoso que tú mismo has creado también.
La razón por la que el ángel del mal sentía tanta envidia era simple: él una vez ya había tratado de armar una rebelión sin éxito, para vencer al Señor en los cielos. Por eso lo habían expulsado del paraíso. Jamás podría crear algo tan bello como los seres humanos, lo cual lo hacía rabiar profundamente.
Y Dios, siendo consciente de la maldad que había en su corazón, le ofreció un trato para engañarlo.
—Puedes gobernar sobre aquella parte del mundo que se ve oscura —le dijo, señalando un punto lejano.
Al ver como las sombras cubrían buena parte de la Tierra, el maligno regresó al infierno muy satisfecho, pensando que había ganado. Pero tan pronto se marchó, Dios hizo que nevara en todo el mundo, hasta que no quedó ni un centímetro inundado en la negrura. Al día siguiente, cuando el ángel del mal se disponía a bajar para gobernar a los humanos, se llevó una desagradable sorpresa: todo estaba blanco.
Lleno de cólera volvió a acercarse al cielo para amenazar a Dios.
—¡Esta vez me ganaste! Sin embargo me vengaré —le dijo venenosamente—, voy a plantar el terror entre la gente que puebla la Tierra y haré que se vuelvan contra ti, arrojándolos truenos ensordecedores. Su miedo va a ser tal, que no van a volver a confiar en ti.
—Bien —respondió el señor sin inmutarse—, yo voy a crear entonces los relámpagos. Antes de que un trueno caiga sobre la Tierra, yo enviaré estos rayos de luz para iluminar a mis hijos, advirtiéndolos que no hay nada de lo que temer. Y cuando los miren, sabrán que los estoy cuidando y que solo tienen que esperar a que tú te canses y termines con la tormenta.
Y así fue. Al principio, los humanos se sintieron atemorizados por los temibles truenos. No obstante pronto conocieron los relámpagos, y esta señal les bastó para saber que Dios no los abandonaba.
Hasta el día de hoy el ángel del mal sigue enojado, y cada vez que recuerda lo sucedido, suelta una tormenta para desquitarse. Pero siempre acaba por cansarse.


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