Ataúdes

¿De qué trata?: En medio de la noche, el trabajador de un cementerio se ve sobresaltado al escuchar un ruido que viene de uno de los ataúdes.

Personajes: Sepulturero, Sarah Fields

Ocurrió en un pueblo pequeño, ¿sabes? La gente suele creer que en este tipo de lugares, a veces tan olvidados de la mano de Dios, casi no sucede nada que valga la pena contar. Pero si yo te contara las cosas que he visto, las cosas que he oído, quizá cambiarías tu manera de pensar al respecto.

Sucede que en pueblos como este, muchas veces lo inexplicable está a la orden del día. Yo nunca podré olvidar lo que ocurrió aquella noche del año 1857, mientras me encontraba en el cementerio.

Llevo más de 30 años trabajando como sepulturero. No es un trabajo tan terrible como todos piensan. Aunque sí que es arduo. Hay que cavar y cavar para enterrar los ferétros, a veces por horas y bajo un sol que hace que el tiempo transcurra más despacio.

Por aquel entonces todos los ataúdes eran fabricados de la misma manera. Largos cajones de madera a los que se añadía un agujero. En este se conectaba una larga tubería de cobre, de más de un metro, que se encontraba conectada con una campanilla. Esto como precaución en caso de que alguien fuese enterrado por accidente.

Verás, el miedo a que esto sucediera era muy común; ciertos padecimientos pueden sumir al paciente en un estado de letargo profundo, muy parecido a la muerte. Los signos vitales son prácticamente indetectables y dicho estado puede prolongarse por horas… las suficientes como para que una familia angustiada, tenga tiempo para preparar adecuadamente unos funerales. Fue por ello que implementamos aquel macabro sistema.

La tubería permitiría respirar a las víctimas que hubieran sido tomadas por muertas, el suficiente tiempo como para poder desenterrar su féretro y sacarlas.

Por eso aquella noche, cuando escuche que una campanilla sonaba bajo tierra, en principio no me asusté.

Sobresaltado, me dirigí hacia la lápida con la pala en mano y comprobé que alguien bajo tierra tiraba de ella desesperadamente. Siempre podía caber la posibilidad de que algunos niños en los alrededores usaran este sonido para engañarme, jugando a ser fantasmas. Ya te digo, pueblo chico, infierno grande.

Bajo mis pies, la voz trémula de una mujer sollozó y me pidió que la desenterrara. Me estremecí.

—¿Tu nombre es Sarah Fields? —pregunté, recordando el entierro de aquella desgraciada.

—¿Sí! —me respondió ella, sofocada en el ataúd.

—¿Tu fecha de nacimiento es el 12 de septiembre de 1829?

—¡Sí, es esa! ¡Por favor!

—Tu lápida dice que falleciste el 16 de marzo de 1856.

—¡No, sigo con vida! ¡Fue una equivocación! ¡Por favor, se lo ruego, desentiérreme! —lloriqueó.

Tomé con fuerza mi pala y la hundí en la tierra. Un escalofrío me recorría la espalda.

—Lo siento mucho —le dije y comencé a llenar la tubería para obstruirla—, pero estamos ya en octubre. Quien quiera que se encuentre allí abajo, estoy seguro de que no sigue con vida. Y de ninguna manera regresará a la superficie.

Sí, en este pueblo también han pasado cosas inexplicables, ya lo ves. Pero a veces, es mejor no tratar de hallarles sentido.

ataúd photo

Nuestro puntaje de los lectores
[Total: 28 Average: 3.6]

Autor: Erika GC

Apasionada por contar historias, me gustan los buenos libros y pasarme tardes enteras en Netflix. El cine y la literatura son la mejor combinación para mí.